Esa noche escribí: “Me rompió la rodilla, pero no consiguió decidir qué haría yo con el resto de mi vida”.
Dos meses después regresé al trabajo. Mis compañeros habían movido mi escritorio cerca del elevador y colocado los archivos en estantes bajos. Nadie hizo discursos. Solo hicieron espacio.
El proceso penal comenzó poco después.
La primera vez que vi a Rodrigo en el juzgado llevaba uniforme de traslado y las manos esposadas. Miró mi bastón con desprecio.
—¿Todavía sigues explotando esa lesión?
—No la exploto. Vivo con ella.
Su sonrisa desapareció.
Asistí a cada audiencia junto a Valeria y Elena. Mi padre, Jorge Salgado, no se presentó al principio.
Durante toda mi vida había guardado silencio. Cuando Rodrigo mentía, papá salía al patio. Cuando mamá me culpaba, encendía la televisión. La noche de mi cumpleaños dijo que trabajaría hasta tarde.
Una mañana lo encontré sentado afuera de la sala.
—Vine a dejar de mentir —dijo.
Admitió que había visto a Rodrigo entrar a la cochera con la llave de cruz antes de la cena. Teresa le había dicho que era “hora de darle una lección a Mariana”. En lugar de detenerlos, tomó las llaves del automóvil y se fue.
—Me dije que solo querían asustarte —murmuró—. Pero me fui porque tuve miedo de enfrentar a tu madre.
—Me dejaste sola.
—Sí. No te pido perdón. Solo quiero declarar.
Su testimonio confirmó que el ataque había sido planeado y que mamá organizó el encubrimiento antes de que yo despertara.
Durante el juicio, el fiscal presentó la llave de cruz, las radiografías y los informes médicos.
El doctor Esteban Larios explicó que probablemente viviría con dolor crónico.
—¿La paciente volverá a ser como antes? —preguntó Mauricio.
—Podrá caminar y trabajar, pero no espero que la articulación regrese al estado previo a la agresión.
Elena declaró con el acta de matrimonio entre las manos.
—Nunca nos divorciamos. Él usó nuestros documentos para conseguir créditos.
Valeria subió después.
—Cancelé la boda porque descubrí que iba a casarme con un hombre que ya tenía esposa.
—¿Quién le contó la verdad?
Valeria me miró.
—Su hermana.
—¿Y qué pasó menos de veinticuatro horas después?
—Atacó a la única persona que se negó a seguir protegiéndolo.
Mi madre entró al estrado con el cabello impecable y expresión de víctima.
—Vi una discusión —afirmó—. Después Mariana cayó.
Entonces el fiscal mostró un video recuperado de una pequeña cámara instalada en la cocina meses antes por seguridad.
La imagen mostraba a Rodrigo entrando con la llave de cruz, a mamá apartando una silla para dejarle espacio, el golpe, mi caída y los aplausos.
La sala quedó inmóvil.
Mi madre perdió el control.
—¡Ella destruyó a su hermano! ¡Rodrigo tenía derecho a defender su futuro!
El juez ordenó silencio, pero ya era tarde. Acababa de admitir frente a todos lo que llevaba meses negando.