Diego contó que había investigado registros civiles, perfiles antiguos y documentos guardados en la oficina de su padre. Finalmente encontró a su madre biológica: Gabriela Torres, viva y residente en Querétaro con otra familia.
—No murió en el parto —dijo—. Se fue porque no quiso criarme. Y tú convertiste esa decisión en una mentira que duró toda mi vida.
Mauricio dejó de parecer un hombre seguro.
Diego se volvió hacia mí.
—Mamá, no te lo dije porque temía lastimarte. Pero nada cambió quién me crió. Tú estuviste cuando tuve fiebre, cuando perdí partidos y cuando pensé que no era suficiente. Tú eres mi madre.
Las lágrimas me corrieron por el rostro. Nadie en la sala se movía; algunos invitados lloraban y otros miraban a Mauricio con un desprecio imposible de ocultar.
Entonces se quitó el reloj de oro que Mauricio le había regalado esa mañana y se lo puso en la palma.
—Tú eres mi padre biológico. Ella es la persona que me enseñó a vivir. Después de esta noche, ya sabes cuál de las dos cosas pesa más.
Mauricio abandonó el salón sin disculparse.
Diego y yo terminamos en una cafetería abierta toda la noche, cerca de La Minerva.
—Debí contártelo —dijo.
—Me lo dijiste cuando pudiste.
Entonces reveló detalles que nunca había querido ver. Mauricio olvidaba sus cumpleaños sin una alerta, no conocía a sus maestros favoritos y no sabía que Diego era alérgico a los mariscos hasta que tenía catorce años. Yo recordaba cada medicamento, cada miedo y hasta sus libros favoritos.
—A veces lo ponía a prueba —admitió—. Le mencionaba algo importante y esperaba ver si lo recordaba. Nunca lo hacía. Tú siempre sí.
Le confesé mi miedo: que al encontrar a su madre biológica descubriera que yo solo había ocupado un lugar prestado.
Diego apretó mi mano.
—Nunca me importó quién se fue. Me importó quién se quedó.
Al volver a casa, encontré llamadas de Mauricio. No respondí.
Dos días después, Diego sacó una carpeta hallada meses antes en el despacho de su padre. Buscando información sobre Gabriela, encontró estados de cuenta del fideicomiso educativo que yo abrí cuando era niño.
Había retiros por cientos de miles de pesos, todos con mi firma.
Yo nunca había firmado ninguno.
También aparecían créditos a mi nombre, pagos a casas de apuestas y transferencias hacia GTR Consultores.
Llamé a Verónica Salgado, una abogada recomendada por una compañera del Ejército. Revisó los documentos y me hizo una pregunta que me heló la sangre:
—Coronela, ¿sabe quién es la dueña de GTR Consultores?
Negué con la cabeza.
En el acta constitutiva aparecía un nombre: Gabriela Torres.
La mujer que supuestamente había desaparecido llevaba años recibiendo nuestro dinero.
Y todavía faltaba descubrir para qué.
PARTE 3