—Coman tranquilas —les dije—. Desde hoy, ninguna de las dos vuelve a agachar la cabeza.
Mientras ellas probaban por primera vez una comida servida con respeto, en la mansión rentada comenzaba el verdadero espectáculo.
A las dos de la tarde, los invitados ya estaban satisfechos. Los tíos felicitaban a Rodrigo, las primas grababan videos para presumir la fiesta, doña Ofelia caminaba entre las mesas como reina de pueblo coronada con bisutería dorada. Todos repetían que Rodrigo era “un hombre de éxito”, “un orgullo para los Salazar”, “un ejemplo de que el que quiere puede”.
Entonces llegó el gerente del banquete con una carpeta roja.
Lo acompañaban cuatro guardias.
Rodrigo sonrió, todavía borracho de elogios.
—Tráigame la terminal —dijo, sacando su tarjeta negra—. Un hombre de mi nivel no paga con efectivo.
El gerente inclinó la cabeza.
—Por supuesto, señor Salazar. El total del evento es de trescientos mil pesos. Como firmó usted en el contrato, el pago debe realizarse ahora.
Hubo murmullos. Doña Ofelia sonrió nerviosa, pero siguió levantando la barbilla.
Rodrigo pasó la tarjeta.
La terminal pitó.
“Fondos insuficientes.”
Rodrigo se puso pálido. Pasó otra tarjeta. Luego otra.
Todas fueron rechazadas.
El gerente abrió la carpeta en la última página y señaló la cláusula que Rodrigo jamás había leído.
—Si no paga, tenemos derecho a retener el evento y llamar a las autoridades por fraude. Además, el contrato está firmado por usted y por su madre.
Doña Ofelia gritó que todo era culpa mía, que yo tenía el dinero de mis padres, que yo debía transferirlo. Rodrigo me llamó una, diez, veinte veces.
Mi teléfono estaba apagado.
Entonces el gerente dijo la frase que partió la fiesta en dos:
—Y antes de seguir mintiendo, señor Salazar, esta casa no es suya. Es rentada.
Los parientes se levantaron furiosos. La tía Ernestina, la misma que me había llamado inútil, señaló a Rodrigo delante de todos.
—¿Nos trajiste desde el pueblo para presumir una casa prestada y una fiesta que no puedes pagar?
Rodrigo cayó de rodillas.
Y justo cuando todos pensaron que esa era su peor humillación, el gerente pidió que cerraran el portón.
La verdad apenas estaba comenzando a salir.
PARTE 3
Cuando encendí mi teléfono otra vez, ya había más de sesenta llamadas perdidas.
Rodrigo, doña Ofelia, la tía Ernestina, dos primos que nunca me habían dirigido la palabra sin burlarse, hasta el tío Ramiro, que solía decir que “una mujer con puras hijas no pesa en la familia”. Todos habían intentado localizarme.
No contesté.