Enterrada viva durante más de 30 horas: La madre que mantuvo con vida a su hijo recién nacido respirando una y otra vez.

Perdieron sus pertenencias.

Perdieron la vida normal que conocían.

Pero se marcharon llevándose consigo algo mucho más valioso.

Entre sí.

Dentro de unos años, probablemente Juan David no recordará el terremoto.

No recordará la oscuridad.

No recordará el cemento que lo rodeaba ni las horas en que su madre luchó por mantenerlo con vida.

Pero algún día, sus padres se lo dirán.

Le contarán sobre el día en que el mundo se derrumbó.

Le hablarán de la madre que lo abrazó cuando todo lo demás desapareció.

Le dirán que, antes incluso de aprender a caminar, ya había sobrevivido a lo imposible.

Y le contarán la parte más importante de la historia.

Que cuando el mundo se sumió en la oscuridad, su madre se convirtió en su luz.

Porque a veces los mayores actos de valentía no los realizan los soldados en los campos de batalla ni los héroes ante las multitudes.

A veces ocurren en silencio.

En la oscuridad.

Bajo una presión inimaginable.

Una madre buscaba entre los escombros una pequeña señal de vida.

Una pequeña respiración.

Una razón para seguir adelante.

Y con eso bastó.

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