Otro mensaje apareció:
Están vigilando el segundo piso. Los niños están ahí.
Santiago sintió que la sangre se le iba del cuerpo.
—Mariana, escucha. Aléjate de las ventanas.
—¿Qué hiciste?
—Nada. Pero alguien está afuera.
Ella no gritó. No lloró.
Solo dijo:
—Niños, juego tortuga. Ahora.
Santiago llegó a la Roma veinte minutos después con seguridad privada. Mariana abrió la puerta trasera del taller con una mochila al hombro, Mateo en pijama de dinosaurios y Elisa descalza abrazando su conejo.
—No vamos contigo —dijo ella.
—Solo quiero sacarlos de aquí.
—Tus buenas intenciones llegan seis años tarde.
Benjamín propuso llevarlos a una casa segura. Mariana se negó a cualquier propiedad Ledesma. Al final aceptó ir con Julia Ortega, su abogada, a una casa discreta en Querétaro.
Llegaron antes del amanecer.
Julia abrió la puerta con lentes torcidos y una lámpara en la mano.
—¿Trajiste al desastre? —le preguntó a Mariana.
—El desastre nos encontró.
Dentro, los niños tomaron chocolate caliente mientras los adultos extendían papeles sobre la mesa.
Julia sacó una copia vieja del fideicomiso familiar Ledesma. Santiago nunca había leído esa cláusula con atención: si tenía hijos biológicos, una parte importante de acciones, propiedades y votos empresariales quedaría blindada para ellos al cumplir cinco años.
Mateo y Elisa habían cumplido cinco el mes anterior.
Mariana levantó la vista.
—Entonces no aparecieron por amor. Aparecieron por dinero.
—Yo no sabía —dijo Santiago.
—Pero alguien sí.
En ese momento tocaron la puerta.
Benjamín miró por la ventana y palideció.
—Es Renata.
Mariana se puso de pie.
—No entra.
Pero Renata, empapada por la lluvia, levantó una memoria USB contra el vidrio.
—Déjenme hablar —suplicó—. Yo sé quién cambió los expedientes.
Santiago abrió la puerta.
Renata entró sin joyas, sin maquillaje, sin su sonrisa de esposa perfecta. Parecía una mujer perseguida por su propia culpa.
Dejó la memoria sobre la mesa.
—Rogelio no solo separó a Mariana de ti —dijo mirando a Santiago—. También intentó borrar a los niños antes de que pudieran reclamar lo que les correspondía.
Mariana se quedó inmóvil.
—¿Qué significa “borrar”?
Renata no respondió de inmediato.
Entonces Elisa apareció en el pasillo con el conejo apretado contra el pecho.
—Mamá… ¿esa señora mala sabe mi nombre?
Renata se cubrió la boca.
Y Mariana entendió que la verdad era mucho más oscura de lo que había imaginado.
PARTE 3