Mateo dejó de gritar por un momento. Miró a Rosa con los labios temblorosos.
—Nana… no dejes que me encierren. No estoy loco.
Rosa quiso responder, pero no pudo. Porque desde la rendija del yeso salió otra hormiga, seguida de una segunda, y ambas se perdieron entre las sábanas antes de que Carlos pudiera verlas.
Esa noche, mientras la lluvia golpeaba los cristales y Lorena sonreía desde el pasillo, Rosa comprendió que algo horrible estaba escondido bajo aquella coraza blanca.
Y nadie en esa casa quería creerlo todavía.
PARTE 2
A la mañana siguiente, Carlos apareció en la sala con el teléfono en una mano y una carpeta en la otra. Tenía los ojos rojos, la barba descuidada y la expresión de un hombre derrotado.
—Ya hablé con la clínica de Tlalpan —dijo sin mirar a Rosa—. Pueden recibirlo hoy en la tarde.
Mateo escuchó desde la escalera y bajó tambaleándose, con el yeso sostenido contra el pecho como si cargara una piedra ardiendo.
—Papá, no —susurró—. No me lleves ahí.
Carlos cerró los ojos.
—Hijo, es por tu bien.
—¡No estoy loco!
Lorena apareció detrás de Carlos y le puso una mano en el hombro.
—Amor, no discutas. Mientras más lo alimentes, peor se va a poner.
Rosa, que llevaba una charola con té, la dejó sobre la mesa con tanta fuerza que las tazas tintinearon.
—Antes de internarlo, llévelo a urgencias.
Carlos la miró sorprendido.
—Rosa, no empieces.
—Tóquele la frente. Huélale el brazo. Vea cómo tiembla. No es un ataque de locura, señor. Es infección.
Lorena se adelantó de inmediato.
—Su traumatólogo está en Monterrey, en un congreso. Si lo llevamos con cualquier médico y ven cómo tiene el brazo por estárselo golpeando, van a llamar al DIF. Van a decir que Carlos lo descuidó. ¿Eso quiere usted, Rosa? ¿Meter a su patrón en problemas?
La palabra “DIF” hizo que Carlos palideciera. Era lo que Lorena quería: miedo. Escándalo. Culpa. Una razón para no mirar más de cerca.
Mateo se acercó a Rosa y le tomó la mano con sus dedos hinchados.
—Nana —dijo en voz tan baja que solo ella lo oyó—, ve a la cocina. Trae el cuchillo grande del pan. Córtame el brazo. Ya no lo quiero. Te prometo que no voy a gritar.
Rosa sintió que se le partía el alma.
Un niño de 10 años, que antes lloraba porque no quería vacunas, ahora prefería perder un brazo antes que soportar un minuto más.