Respiré profundo.
—Porque confundí amor con sacrificio. Y porque proteger a gente cruel solo convierte a otra persona en su próxima víctima.
Dos días después, invité a mi familia a cenar.
Les escribí desde un número nuevo:
“Quiero hacer las paces. Son mi única familia. Vengan a mi departamento esta noche.”
Mi mamá respondió en menos de un minuto.
“Claro, hija. Siempre supimos que recapacitarías.”
Preparé una cena elegante. Contraté meseros, pedí mole negro, filete, ensalada de nopales, pan dulce fino y pastel de tres leches. Puse flores frescas en la mesa y copas de cristal.
A las ocho sonó el timbre.
Carmen entró llorando, abrazándome como actriz de telenovela.
—Mi niña, cuánto sufrimos estos días.
Roberto observó el departamento con ojos codiciosos.
—Está bonito. Muy bonito. Siempre supe que ibas a llegar lejos.
Diego me besó la mejilla.
—Hermanita, lo de aquella noche fue un malentendido. Lucía estaba nerviosa por el embarazo.
Lucía entró al final, acariciándose el vientre como si eso la volviera intocable.
—Qué lindo lugar. Aunque para una sola persona se me hace demasiado grande.
Durante la cena, los dejé hablar.
Carmen dijo que una madre siempre perdona. Roberto habló de unión familiar. Diego repitió que “la sangre llama”. Lucía insinuó que, con mi nuevo sueldo, tal vez podía ayudarlos a remodelar la casa antes del nacimiento del bebé.
Yo serví más vino.
A Lucía le serví jugo de uva en la copa más bonita.
—Por la familia —brindó Diego.
Levanté mi copa.
—Por la verdad.
El silencio cayó apenas un segundo.
—Qué dramática —dijo Lucía, riéndose.
Dejé la copa sobre la mesa.
—¿Se acuerdan de Pedro Santos?
Mi mamá se puso rígida.
Diego bajó el tenedor.
Lucía dejó de sonreír.
—El hombre que atropellaron en Calzada de Tlalpan —continué—. El hombre por el que yo pasé dos años presa.
—Isabela —advirtió mi padre—. No arruines la cena.
—La cena ya estaba arruinada desde que llegaron mintiendo.
Carmen empezó a llorar.
—Hija, por favor…
—No me digas hija ahora. No cuando me tiraste doscientos pesos como si fuera basura. No cuando vaciaron mi cuarto. No cuando cambiaron la casa de nombre para echarme.
Diego golpeó la mesa.
—¡Ya basta! Tú aceptaste.
—Porque ustedes me manipularon.
Miré a Lucía.
—Y tú escondiste la memoria de la cámara en la maceta del patio.
Su cara perdió todo color.
—No sé de qué hablas.
—Sí sabes. Y la policía también.
En ese momento sonó el timbre.
Mi mamá susurró:
—¿Esperas a alguien?
Me levanté.
—Sí. El postre especial.
Abrí la puerta.