—Sí vas —respondió él—. Y no vas a entrar como víctima. Vas a entrar como la mujer que todos creyeron destruida.
Valeria negó con la cabeza.
—¿Y usted qué gana con eso?
Damián sonrió apenas.
—A veces, ver caer a un hombre arrogante frente a todos es suficiente premio.
Valeria no respondió.
Pero esa noche, por primera vez en meses, sintió que tal vez su historia no había terminado.
Y no sabía que al aceptar esa invitación, iba a convertir la boda de su hermana en el escándalo más grande que su familia jamás podría esconder.
PARTE 2
Los siguientes 5 días cambiaron algo dentro de Valeria.
Damián no la llenó de promesas.
No le dijo que era hermosa para consolarla.
Le dio algo más peligroso: seguridad.
Mandó a su chofer por ella y la llevó con una diseñadora mexicana en la Roma Norte, una mujer famosa por vestir a actrices, políticas y empresarias sin pedirles que bajaran 1 talla para merecer verse bien.
—No quiero verme disfrazada —dijo Valeria frente al espejo.
La diseñadora sonrió.
—Entonces no vamos a disfrazarte. Vamos a recordarte quién eres.
El vestido fue rojo vino, elegante, firme, con caída perfecta y una abertura discreta que hacía que cada paso tuviera fuerza.
No escondía su cuerpo.
Lo honraba.
El día de la boda, Valeria se miró al espejo y sintió un nudo en la garganta.
No era la mujer que Mauricio había dejado llorando.
Tampoco era la hermana dócil que su madre quería exhibir para callar chismes.
Era otra.
O quizá era la misma, pero sin pedir perdón.
Damián llegó por ella con un traje negro impecable y una corbata del mismo tono que su vestido.
Cuando la vio, se quedó callado unos segundos.
—¿Qué? —preguntó Valeria, incómoda.
—Nada —respondió él—. Solo estoy pensando que hoy alguien va a arrepentirse de haber sido tan pendejo.
Ella no pudo evitar reír.
El camino a Valle de Bravo fue silencioso.
Al llegar a la hacienda, las bugambilias, las luces cálidas y las flores blancas parecían sacadas de una revista. Todo era perfecto.
Demasiado perfecto.