—Antes de brindar, hay algo que todos deben saber.
Doña Beatriz soltó una risa seca.
—¿Otra vez vas a defenderla? Ya todos vimos la prueba.
—No —dijo Rodrigo—. Hoy van a ver una prueba real.
Abrió el sobre.
—Hospital Militar de Saltillo. Cadena de custodia federal. Compatibilidad genética entre Rodrigo Mendoza y Lucía Mendoza: 99.9999%.
El silencio cayó como piedra.
Una prima se llevó la mano a la boca.
El padre Ignacio bajó la mirada.
Tomás dejó la copa en la mesa, pero le temblaba tanto la mano que derramó sidra sobre el mantel.
Doña Beatriz palideció.
—Eso puede estar manipulado.
Rodrigo sacó otra hoja.
—La prueba que tú mostraste venía de un laboratorio cerrado desde hace 2 años. La firma era falsa. Mi identificación militar fue usada sin autorización.
Tomás intentó levantarse.
—A ver, cálmate, hermano. Mamá solo quería cuidarte.
Rodrigo lo miró fijo.
—¿Cuidarme? ¿Pagando 25,000 pesos por un documento falso?
La cara de Tomás se descompuso.
Doña Beatriz giró hacia él, furiosa, no por la mentira, sino porque se había notado.
—¡Tomás!
—Tú me dijiste que lo hiciera —soltó él—. Tú dijiste que si Mariana se quedaba, Rodrigo iba a poner la casa a nombre de la niña.
La sala entera escuchó.
Ahí vino el primer golpe de verdad.
Doña Beatriz no había actuado por honor.
No había dudado de Mariana por “moral”.
Tenía miedo de perder la casa.
Rodrigo metió la mano en la caja metálica y sacó unas escrituras.
—Qué bueno que mencionas la casa.
Su madre frunció el ceño.
—¿Qué es eso?
—Las escrituras originales.
—Esa casa es de la familia.
—No. Era mía desde que papá murió. Tú vivías aquí porque yo lo permitía.
Doña Beatriz se puso de pie.
—No te atrevas.
Rodrigo habló con una calma que daba más miedo que cualquier grito.
—La vendí.
La palabra partió la mesa en 2.
—¿Qué hiciste? —gritó Tomás.
—La vendí hace 24 horas. El comprador firmó esta mañana.
Doña Beatriz soltó una carcajada nerviosa.
—No puedes vender mi casa.
—Puedo. Y lo hice.
—¡Soy tu madre!
—Mariana también es madre. Y tú la dejaste afuera descalza con una bebé de días.
Los ojos de doña Beatriz se llenaron de lágrimas falsas.