Ya no eran los ojos desesperados de la calle. Eran peores: ojos cansados, como si en 2 días hubiera envejecido 20 años.
—¿Mi mamá está bien? —preguntó.
Alejandro se sentó frente a él.
—Está viva. Eso ya es una batalla ganada.
—Pero dicen que está loca.
—Yo no lo creo.
Emiliano apretó el peluche.
—Mi tío Rodrigo decía que nadie iba a creerle. Que los pobres siempre pierden si no tienen papeles.
Alejandro respiró hondo. Esa frase sonaba demasiado real.
—Dijiste que tu mamá escondió algo en tu oso.
El niño miró alrededor, desconfiado. Luego bajó la voz.
—Ella me lo dio antes de que mi tío regresara esa noche. Me dijo: “No sueltes a Mateo, aunque te digan que es basura”. Mateo es mi oso. Me dijo que ahí estaba lo que podía salvarnos.
Alejandro extendió la mano con cuidado.
—¿Me dejas revisarlo?
Emiliano dudó. Le tembló la barbilla.
—¿Me lo va a regresar?
—Te lo juro.
El niño le entregó el peluche como quien entrega un corazón.
Alejandro buscó la costura desigual. Con una navaja pequeña abrió apenas los hilos. Entre el relleno amarillento había una bolsa de plástico doblada varias veces. Dentro encontró una memoria USB negra y un papel arrugado con 2 palabras escritas a prisa:
“Perdón, hijo.”
Alejandro sintió frío.
Esa noche, en su oficina, junto a su abogado, Ricardo Montes, conectó la memoria. Solo había un archivo de audio.
Al reproducirlo, primero se escuchó estática. Luego la voz temblorosa de Isabel.
—Rodrigo, no puedo firmar eso. Es la casa de mis papás. Es lo único que le queda a Emiliano.
Después vino una voz masculina, clara, furiosa.
—Tú no entiendes. Esa casa ya debería ser mía. Yo cuidé a mis papás más que tú.
—Eso es mentira. Tú solo apareciste cuando supiste que había dinero.
Se escuchó un golpe. Un objeto cayendo.
—Firma, Isabel. O te voy a hacer parecer tan loca que ni tu hijo va a querer verte.
Alejandro dejó de respirar.
La voz de Rodrigo continuó, más baja, más venenosa.
—Tengo al doctor Bastida listo. Tengo vecinos que van a decir lo que yo les pida. Tú vas a desaparecer y todos van a pensar que te rompiste sola. Y a tu escuincle lo van a mandar a un albergue donde nadie lo escuche.
Luego se oyó el llanto de Isabel.
—Eres mi hermano.
—Precisamente por eso sé dónde te duele.
El audio terminó con un golpe seco y un grito ahogado.
Ricardo, el abogado, se quitó los lentes lentamente.
—Esto es fuerte, pero necesitamos autentificarlo. Rodrigo va a decir que fue editado, que Isabel lo fabricó en medio de un episodio. También necesitamos probar el motivo económico y desmontar el informe psiquiátrico.
—Entonces hazlo —dijo Alejandro.
—No será rápido.
—No me importa. Pero no vamos a perder.
Durante los siguientes días, la vida de Alejandro dejó de pertenecerle.
Contrató a una perito en audio, la doctora Carolina Meza, que confirmó que la grabación era original y no presentaba cortes. Luego su investigador privado, Martín Paredes, encontró el motivo: Rodrigo tenía deudas con prestamistas ilegales, apuestas en casinos clandestinos y 3 pagarés vencidos por casi 4 millones de pesos.
También encontraron transferencias sospechosas al doctor Ernesto Bastida, el psiquiatra que había salido en televisión diciendo que Isabel tenía “delirios peligrosos”. El supuesto expediente médico había sido creado 4 días antes de la agresión.
Pero Rodrigo no se quedó quieto.