Al tercero, se quejó del ruido de los niños.
Al quinto, dijo en voz alta:
—Yo no acepté vivir en un albergue.
Raúl no la calló.
Al séptimo día, mi hermano me pidió hablar en la cocina. Tenía los brazos cruzados y la mirada cansada, como si yo fuera una deuda que ya no podía pagar.
—Esto no está funcionando, Alma. Maritza está muy estresada. Yo tengo mi vida.
—Raúl, no tengo a dónde ir.
Él miró hacia la ventana.
—Siempre has sabido resolver tus cosas. Vas a encontrar algo.
Sentí algo romperse por dentro, pero no lloré. Ya había aprendido que rogar no cambiaba el corazón de quien ya decidió soltarte.
Raúl nos llevó en silencio a un refugio para mujeres llamado Casa Renacer. Me ayudó a bajar las bolsas, besó rápido a los niños y se fue antes de que Sofía despertara.
Así terminó mi idea de familia.
El refugio era limpio, pero duro. Compartíamos una habitación con literas y otras madres. Había horarios para comer, para bañarse, para lavar ropa. Yo me movía despacio con mis muletas, sintiendo que cada paso era observado.
Busqué trabajo en tiendas, oficinas, restaurantes. En todas partes veían mis muletas antes que mi cara.
—La vacante acaba de ocuparse.
—Necesitamos alguien que pueda estar de pie 8 horas.
—Le llamamos después.
Nunca llamaban.
En las noches, cuando mis hijos dormían, usaba una laptop donada del refugio. Encontré pequeños trabajos escribiendo descripciones de productos por internet. Pagaban casi nada, pero acepté todos. Luego aprendí diseño básico con videos gratuitos. Escribía hasta las 3 de la mañana mientras el cuerpo me ardía.
Diego, con apenas 10 años, se volvió mi mano derecha. Ayudaba a Mateo con la tarea, peinaba a Sofía, cuidaba a Lucía cuando lloraba. Una noche lo encontré despierto, sentado junto a la puerta.
—¿Qué haces, mi amor?
—Vigilo, mamá. Para que nadie nos saque otra vez.
Esa frase me partió el alma.
La directora del refugio, una mujer llamada Elena, me veía trabajar cada noche. Un día se sentó frente a mí y preguntó:
—¿Qué estás construyendo, Alma?
Yo solté una risa triste.
—No sé. Algo que no puedan quitarme.
Elena me miró muy seria.
—Entonces no pares. El mundo te va a decir que no hasta que construyas algo que ya no pueda rechazarte.
A los 11 meses en el refugio, conseguí mi primer cliente fijo. A los 14 meses, pude rentar un departamento pequeño. Tenía paredes descarapeladas, 2 cuartos diminutos y una cocina vieja, pero cuando cerré la puerta con mis hijos adentro, lloré de alivio.
Por primera vez, nadie podía echarnos.