El niño miraba hacia la cámara con una seriedad casi arrogante. Tenía los ojos de Ethan, la nariz de Ethan, la misma forma de apretar los labios cuando algo no le gustaba.
La niña, en cambio, sonreía con un helado en la mano, con los ojos brillantes y el cabello rizado al viento.
Ethan sintió que se le quebraba algo por dentro.
Lucas.
Emma.
Sus hijos tenían nombres.
Tenían rostros.
Tenían una vida.
Y él no había estado allí para ninguno de sus primeros momentos.
No escuchó su primer llanto.
No vio sus primeros pasos.
No sostuvo sus manos pequeñas.
No estuvo cuando tuvieron fiebre.
No supo qué palabra dijeron primero.
Durante dos años y medio, otro mundo había existido sin él.
—Llévame a la casa —ordenó.
—Señor, quizá debería descansar primero.
—Ahora.
Daniel no insistió.
El auto recorrió las calles húmedas de Seattle hasta detenerse frente a una casa blanca con ventanas amplias y un pequeño jardín iluminado por luces cálidas.
Ethan vio una bicicleta infantil tirada cerca de la entrada. También dos botas de lluvia diminutas, una azul y otra amarilla.
El pecho le dolió.
Se bajó del auto y caminó hacia la puerta.
Antes de tocar el timbre, escuchó risas dentro.
Una risa infantil.
Luego otra.
Una voz femenina dijo:
—Lucas, no le quites el dinosaurio a tu hermana.
—¡Pero Emma me quitó mi camión!
—No es cierto —protestó una vocecita.
Ethan cerró los ojos.
Esa voz.
La voz de su hija.
Le tembló la mano.
Tocó el timbre.
Los pasos se acercaron.
La puerta se abrió.
Clara apareció frente a él.
Durante unos segundos, ninguno habló.
Ella llevaba un suéter beige, el cabello corto detrás de las orejas, el rostro más maduro, más sereno… y más distante.
Ethan había imaginado muchas reacciones.