Cuando abrió la puerta principal, yo estaba sentada en la sala de mi abuela, con mis hijos a mi lado, la licenciada Valeria frente a la chimenea, 2 policías junto al librero y el albacea con una carpeta sobre las piernas.
Rodrigo se quedó blanco.
Yo levanté la vista.
—Qué bueno que llegaste —le dije—. Tenemos una sorpresa para ti.
Y entonces empezó a gritar.
PARTE 3
—¡Tú no tienes derecho a estar aquí! —gritó Rodrigo, parado en la entrada de la casa que nunca fue suya.
El eco de su voz rebotó contra los mosaicos del pasillo, esos mismos mosaicos donde mi abuela Elena caminaba despacio con sus pantuflas azules. La casa olía a madera vieja, a bugambilia húmeda y a café recién hecho porque, antes de que Rodrigo llegara, yo había preparado una olla como lo hacía mi abuela cuando sabía que habría tormenta.
Sofía me apretó la mano.
Mateo se escondió detrás de mi silla.
La mirada de Rodrigo cayó sobre los policías, luego sobre Valeria, luego sobre el albacea. Después vio la cerradura nueva que él mismo había mandado poner.
—¿Cómo entraron? —preguntó, ya no tan fuerte.
Valeria acomodó sus lentes.
—Con orden, autorización del albacea y comprobación legal de propiedad. Todo lo contrario a lo que hiciste tú.
Rodrigo soltó una risa seca.
—Esto es una locura. Yo solo estaba protegiendo la casa.
Uno de los policías levantó la ceja.
—¿Protegiéndola de la dueña?
Rodrigo me miró con odio.
—Tú hiciste un escándalo por nada. Solo perdiste un vuelo.
Sentí un calor subir por mi pecho, pero no grité. No iba a darle ese gusto. La rabia, cuando se cocina bien, no explota. Se sirve fría, en platos de porcelana.
Valeria puso la primera hoja sobre la mesa de centro.
—Reporte de la policía aeroportuaria en Lisboa.
Luego puso la segunda.
—Imágenes de seguridad donde se observa al señor Rodrigo Salgado retirando una carpeta de la mochila de la señora Mariana Salgado.
La tercera.
—Constancia del consulado mexicano sobre emisión urgente de documentos de viaje para Mariana y sus 2 hijos menores.
La cuarta.
—Capturas de pantalla enviadas por error por la señora Isabel, madre de ambos.
Rodrigo abrió los ojos.
—¿Qué capturas?
Antes de que alguien contestara, se escuchó un golpe en la puerta. Mi mamá entró sin esperar permiso, con mi papá detrás. Ella venía con el cabello perfecto, bolsa cara y esa cara de indignación ensayada que usaba cuando quería parecer víctima.
—¿De verdad vas a destruir a tu hermano por un malentendido? —dijo.
Mi hija se asomó detrás de mí.
Yo no miré a Rodrigo. Miré a mi madre.
—Abandonó a tus nietos en otro país sin pasaportes, sin dinero y sin forma de volver.
Mi madre abrió la boca.
Por primera vez, no encontró una frase para convertir mi dolor en exageración.
Papá intentó intervenir.