Arturo palideció. Uno de los socios dejó de respirar por un segundo. El notario apartó las manos de los documentos.
Marcela pasó otra hoja.
“Y aquí también. Pero ese día yo estaba presentando mi novela en Guadalajara. Hay fotos, boletos de avión y 300 testigos.”
Arturo abrió la boca, pero no encontró una mentira suficientemente rápida.
Entonces la puerta de roble empezó a abrirse.
Y Marcela entendió que la verdadera firma de ese día no iba a ser la suya, sino la de la caída de Arturo.
PARTE 3: EL LUGAR DONDE SU NOMBRE VOLVIÓ
Renata Méndez entró sin levantar la voz.
La acompañaban dos abogados, una actuaria y un hombre de traje gris con una carpeta sellada. No parecían invitados. Parecían el tipo de tormenta que no pide permiso para entrar.
Renata colocó un expediente grueso sobre la mesa, justo encima de las hojas que Arturo quería que Marcela firmara.
“Se notifica la solicitud urgente de medidas precautorias para inmovilizar bienes, revisar firmas, suspender movimientos patrimoniales y preservar documentación relacionada con posibles actos de fraude.”
Arturo se levantó tan rápido que su silla raspó el piso.
“Esto es ridículo. Mi esposa está confundida. No entiende de estos temas.”
Marcela lo miró sin bajar los ojos.
“No, Arturo. El problema es que tú estabas demasiado seguro de que yo nunca iba a atreverme a entenderlos.”
El notario se acomodó los lentes, visiblemente incómodo. Uno de los socios de Arturo retrocedió medio paso, como si la mesa se hubiera convertido en un pozo. El otro fingió revisar su celular, pero tenía los dedos blancos de tanto apretarlo.
Renata abrió el expediente y comenzó a poner pruebas sobre la mesa: capturas de mensajes, transferencias, dictámenes preliminares, pólizas modificadas, contratos con firmas dudosas y documentos de la empresa fachada.
“Durante años, el señor Salvatierra desvió ingresos provenientes de las regalías literarias de mi clienta hacia cuentas donde ella no tenía acceso real. También hay indicios de que intentó modificar disposiciones testamentarias y patrimoniales sin consentimiento informado.”
Arturo soltó una risa seca.
“Mis abogados van a destruir esto.”
Renata inclinó la cabeza, casi divertida.
“Perfecto. Entonces tendrán mucho que explicar ante un juez. Especialmente la firma de Marcela en un contrato fechado cuando ella estaba en una feria del libro en Guadalajara, frente a prensa, lectores y cámaras.”
El notario cerró la carpeta original de Arturo.