Literalmente le supliqué de rodillas a mi esposo que me llevara a urgencias porque estaba por dar a luz, pero él me llamó dramática y se fue a celebrar el cumpleaños de su madre. Dos días después, volvió sonriendo, seguro de que cargaría a su bebé recién nacida. Pero en la entrada de la casa lo esperaban camionetas militares, soldados armados y una verdad que jamás imaginó.

Camila miró a su padre. El general sacó una carpeta y la puso sobre una mesa.

—Registros médicos —dijo él—. Accesos no autorizados a los expedientes prenatales de Camila.

Diego negó lentamente.

—No.

—Tu madre sabía lo de la presión alta —dijo Camila—. Sabía el riesgo. Sabía qué podía pasar si no llegaba rápido a urgencias.

—Ella no…

—Contestó las llamadas del hospital —lo interrumpió Camila—. Dijo que no te molestaran. Dijo que yo exageraba.

Diego recordó el bolso de Rebeca con su teléfono adentro. La música. El pastel. Su madre levantando una copa.

“Hoy celebramos a la verdadera familia.”

La palabra le quemó la lengua.

Camila extendió otra hoja. Le temblaba la mano.

Diego la tomó.

Era una modificación de fideicomiso. En el documento aparecía el nombre de su hija recién nacida como futura heredera de acciones del Grupo Armenta.

—¿Qué es esto?

El general respondió:

—El fideicomiso de su familia transfiere el control de ciertas acciones al primer nieto biológico. Hasta que esa persona cumpla 21 años, el tutor legal administra esos bienes.

Diego sintió náuseas.

—Mi madre…

—Preparaba una solicitud de custodia —dijo Camila—. Con reportes falsos sobre mi salud mental. Quería alegar que yo era inestable y peligrosa para la bebé.

—No.

—Sí, Diego. Necesitaba que nuestra hija naciera viva. Pero necesitaba que yo no pudiera oponerme.

Diego se hundió en una silla.

—Yo la ayudé.

Nadie tuvo que responder.

La puerta se abrió de golpe. Un agente de la Fiscalía entró.

—General, Rebeca Armenta llegó al hospital. Trae una orden provisional y exige acceso a la recién nacida.

El rostro de Camila se tensó.

Diego se puso de pie.

—No la dejen pasar.

Por primera vez, su voz no sonó arrogante. Sonó rota.

El general lo miró.

—¿Ahora quiere actuar como padre?

Diego bajó la cabeza.

—No sé si todavía tengo derecho. Pero ella no va a tocar a mi hija.

En el pasillo, Rebeca ya estaba gritando. Vestía de blanco, impecable, con perlas en el cuello y un abogado joven cargando papeles.

—¡Soy la abuela! ¡Tengo una orden! ¡Esa niña pertenece a mi familia!

Camila pidió que levantaran un poco su cama. La enfermera dudó, pero el general asintió.

Cuando Rebeca entró y vio a Camila despierta, su rostro perdió color durante un segundo. Solo un segundo. Después volvió a sonreír.

—Mi niña, qué gusto que estés mejor. Todo esto ha sido un malentendido.

Camila la miró sin pestañear.

—¿También fue un malentendido decirle al hospital que yo exageraba?

Rebeca apretó el bolso.

—Estabas alterada. Diego no podía abandonar mi fiesta por cada dolorcito tuyo.

Diego cerró los ojos, avergonzado.

Camila señaló la carpeta.

—Sabías que podía morir.

Rebeca cambió la expresión. La máscara cayó apenas.

—No seas melodramática.

El fiscal que estaba junto a la puerta encendió una grabación.

La voz de Rebeca llenó el cuarto.

“Mi nuera inventa crisis para controlar a mi hijo. No vuelvan a llamar. Si el bebé nace, avísenme a mí.”

Luego otra grabación.

“Diego no necesita saber nada todavía. Camila no está bien de la cabeza. Yo me encargaré de la niña.”

Rebeca se quedó helada.

Su abogado dejó de mirar los papeles.

Diego la observó como si acabara de descubrir que la mujer que lo crió también lo había usado.

—Mamá… ¿qué hiciste?

Rebeca enderezó la espalda.

—Lo que tú no tuviste carácter para hacer. Proteger el apellido Armenta.

El silencio fue brutal.

Camila no gritó. No necesitaba hacerlo.

—Fiscal, proceda.

Dos agentes se acercaron.

Rebeca retrocedió.

—Arturo, no puedes permitir esto. Soy una mujer respetable.

El general Sandoval habló por primera vez desde la esquina.

—Mi hija también lo era cuando la dejó sangrando en el piso.

Rebeca miró a Diego, esperando que la defendiera.

Él no se movió.

Los agentes le informaron que quedaba detenida por falsificación de documentos, obstrucción de auxilio, posible tentativa de sustracción de menor y delitos relacionados con la red financiera investigada. Sus perlas temblaron contra su cuello mientras la llevaban fuera.

Diego se quedó mirando la puerta.