Camila miró a su hermana.
Luego miró su plato.
Tomó el tenedor.
Y comió primero.
Alejandro lo vio desde la estufa y no dijo nada, porque algunas victorias se rompen si uno las nombra demasiado rápido.
Renata se rió con la boca llena de plátano. Afuera, el sol tocaba los vidrios de la cocina. En la mesa había jarabe, migas, una servilleta arrugada y una niña de 7 años aprendiendo, bocado a bocado, que el amor no se gana limpiando pisos ni renunciando al hambre.
Camila levantó la vista.
—¿Hoy tengo que ayudar?
Alejandro puso otro hot cake torcido en su plato.
—Solo si quieres.
Ella pensó la respuesta.
Miró a Renata, sana, ruidosa, segura.
Miró la cobija vieja sobre una silla, doblada pero no escondida.
Miró a Alejandro, esperando sin presionarla.
Entonces Camila partió otro pedazo, lo metió en su propia boca y sonrió apenas, con jarabe en la barbilla.
—Después —dijo—. Ahorita tengo hambre.
Y por primera vez desde que aprendió a cuidar a alguien más antes que a sí misma, nadie le pidió perdón por dejarla comer.
Nadie la apuró.
Nadie le cobró el desayuno.
Ese sábado, en una casa que ya no parecía ajena, Camila comió primero.