Luego llegó otro.
“Mi mamá no quería llegar tan lejos, pero tú la provocaste.”
El tercero le heló la sangre.
“Si entras así, todos van a pensar que estás inestable. Nadie respeta a una mujer que se ve rota.”
Selena apagó el celular.
Ya le habían querido quitar la dignidad. No les iba a entregar también su concentración.
Su directora de tesis, la doctora Patricia Salgado, estaba junto a la mesa del café cuando la vio entrar al auditorio pequeño. El horror le cruzó la cara antes de que pudiera disimularlo.
“Selena… ¿qué te hicieron?”
Por primera vez desde la noche anterior, las piernas de Selena flaquearon.
“Mi esposo y su madre pensaron que si me humillaban lo suficiente, yo no vendría.”
La doctora Salgado cerró los ojos. Cuando los abrió, su rostro ya no tenía sorpresa, sino una furia fría.
“Podemos posponer la defensa. Nadie te puede exigir presentarte después de algo así.”
Selena negó con la cabeza.
“Si no entro hoy, ellos ganan. Y ganan para siempre.”
La doctora la tomó de los hombros.
“Entonces entras. Defiendes tu trabajo. Y después vamos al Ministerio Público.”
A las 8:55, el sínodo estaba completo. Estaba el doctor Maldonado, famoso por destruir tesis con una sola pregunta; la doctora Samira Kuri, brillante y temida; y varios académicos del instituto. También había estudiantes, colegas y algunos invitados.
Selena evitó mirar la primera fila. Solo quería llegar al micrófono antes de que el cuerpo recordara que podía temblar.
Pero entonces lo vio.
Un hombre alto, de traje gris oscuro, estaba de pie en la primera fila.
Era su padre, Carlos Herrera.
No hablaban desde hacía casi 3 años, desde una discusión brutal en la que él le dijo que casarse con Héctor era bajar demasiado sus estándares. Selena le respondió que estaba harta de un padre que solo presumía lo que podía entender. Desde entonces, silencio.
Y ahí estaba.
Carlos no sonrió. No levantó la mano. Solo se puso de pie lentamente.
Detrás de él, como una ola silenciosa, empezaron a levantarse los demás.
La doctora Salgado. Los estudiantes. La doctora Kuri. Incluso el doctor Maldonado.
No se levantaban por lástima. Se levantaban por respeto.
Selena respiró hondo y comenzó.
La voz le salió ronca al principio, pero no se quebró. Explicó su archivo, defendió su metodología, conectó años de datos y respondió cada pregunta con una precisión que no sabía que todavía tenía.
Cada diapositiva fue un golpe contra la noche anterior. Cada respuesta fue una puerta cerrándose en la cara de quienes quisieron reducirla a obediencia.
Cuando terminó, el sínodo pidió deliberar en privado. Selena salió al pasillo con las manos heladas.
La doctora Salgado la abrazó. Una estudiante le apretó los dedos.
Entonces su padre se acercó.
“Héctor me llamó anoche”, dijo Carlos, grave. “Me dijo que habías perdido la cabeza. Que estabas peligrosa.”
Selena sintió que el piso se movía.
“¿Y le creíste?”
Carlos tragó saliva.
“No. Porque sonaba ensayado. Como si estuviera preparando una versión antes de que yo pudiera escuchar la tuya.”
Ella no dijo nada.
“Después llamó su madre”, continuó él. “Llorando. Diciendo que tú eras la agresiva.”
Selena apretó los labios.
Carlos bajó la voz.
“Fui al edificio. El vigilante me dijo que te vio salir llorando con una mochila a medianoche. Luego fui al hotel. La recepcionista me confirmó que pediste tijeras a las 3 de la mañana.”
Selena sintió que el aire se le iba.