—¿Daniel lo sabía? —preguntó Lucía.
Mariana bajó la mirada.
—Todavía no lo sabemos.
En ese momento entró Alexa, la enfermera que había entendido el código.
Traía una tablet.
—Grabé lo que pude antes de que seguridad formalizara el registro —dijo—. Y el sistema del área de trauma también captó audio.
Lucía escuchó la voz de su madre:
“Tomen lo que necesite de ella.”
Luego la de su padre:
“Podemos hacer una donación importante.”
Lucía no lloró. Algo dentro de ella se había secado desde el puente.
Pero faltaba más.
Alexa mostró imágenes de seguridad del edificio donde Lucía vivía. Apenas 1 hora después del choque, Teresa y Ernesto entraron usando la llave de emergencia que ella les había dado por confianza. Salieron con su laptop, su pasaporte y una carpeta azul.
Lucía sintió que el corazón le golpeaba las heridas.
—La carpeta azul —susurró.
Ahí guardaba copias impresas de una investigación personal: facturas falsas, transferencias raras, empresas fantasma ligadas al antro de Daniel. Durante meses, había sospechado que su hermano no solo estaba endeudado. Estaba lavando dinero. Y alguien había usado su firma digital para validar operaciones que ella jamás autorizó.
Entonces escucharon voces en el pasillo.
—Mi hija siempre fue inestable —decía doña Teresa a un detective—. Estaba celosa de Daniel. Ella tomó el volante. Él trató de detenerla.
—También robó dinero de la empresa de mi hijo —agregó Ernesto—. Tenemos documentos que lo prueban.
Lucía apretó los dedos contra la sábana.
Habían preparado todo antes del choque.
No querían salvar a Daniel. Querían enterrar a Lucía con la culpa.
Mariana se levantó, furiosa, pero Lucía la detuvo con un gesto mínimo.
—No diga nada de lo nuestro todavía —pidió con voz ronca—. Necesito 12 horas.
—Estás recién operada.
—Y ellos creen que estoy débil. Esa es la única ventaja que tengo.
Lucía le pidió a Alexa 3 cosas: preservar todos los audios del hospital, contactar al abogado de su firma y activar el paquete cifrado que ella había programado para liberarse si faltaba a la auditoría del lunes.
Luego pidió algo más.
—Mi coche tenía dashcam con respaldo en la nube.
Alexa abrió los ojos.
Mariana también.
Lucía respiró con dificultad, pero su mirada ya no parecía la de una víctima.
—Audito criminales para vivir —dijo—. La gente peligrosa siempre cree que nadie hace respaldos.
Esa noche, Daniel despertó en una habitación cercana. A través de la ventilación del pasillo, Lucía oyó su risa débil, pero insolente.
—¿Y si recuerda? —preguntó él.
—No va a recordar nada —respondió Teresa—. Y si recuerda, diremos que quedó dañada de la cabeza.
Ernesto soltó una carcajada.
—Además, esa tal Mariana está persiguiendo fantasmas. Cuando Lucía muera, se muere también su cuento del ADN.
Lucía presionó el botón de llamada.
Alexa entró de inmediato.
—Acaban de confesar junto a un micrófono del hospital —susurró Lucía.