Doña Teresa se llevó las manos a la boca.
Los miró como si no pudiera creerlo.
Como si temiera que fueran un sueño.
—¿Emiliano?… ¿Julián?…
Ambos asintieron al mismo tiempo.
En sus uniformes se veía el emblema de una aerolínea mexicana.
Traían flores en las manos.
Y en los ojos llevaban las mismas lágrimas que ella.
Doña Teresa se lanzó a abrazarlos y empezó a llorar con todo lo que había guardado durante dos décadas.
—Hijos… hijos míos… yo sabía que iban a volver… pero no imaginé verlos así…
Julián le besó la frente.
—Mamá, ¿te acuerdas que una vez dijiste que te gustaría subirte a un avión aunque fuera una sola vez en la vida?
Ella asintió, sin poder hablar.
Entonces Emiliano sonrió.
—Pues hoy no vas a subir como cualquier pasajera. Hoy vas a subir como la persona más importante de nuestro vuelo.
EL DÍA DEL MILAGRO
Doña Teresa lo miró y sonrió, aunque los ojos ya se le estaban llenando de lágrimas.
—Pues vas a serlo, mijo. Aunque yo tenga que dejarme la vida, vas a serlo.
Lo dijo con firmeza, pero por dentro sintió miedo.
Porque sabía que un sueño así no se alcanzaba solo con ganas.
Pasaron los años, y cuando los dos muchachos llegaron a la universidad, Doña Teresa tomó la decisión más dura de toda su vida.
Vendió la casa y el terreno.
Vendió lo único que tenía.
Vendió el último recuerdo material de su esposo.
Cuando Julián se enteró, se quedó helado.
—Mamá… ¿y ahora dónde vamos a vivir?
Al día siguiente, sus hijos la llevaron al Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México.
Doña Teresa iba nerviosa.
Nunca había estado en un aeropuerto tan grande.
Todo le parecía enorme, brillante, imposible.
Caminaba despacio, tomada de los brazos de sus hijos, como si todavía no entendiera que aquello era real.
Cuando entraron al avión, varios pasajeros voltearon a mirarlos.
No era una escena cualquiera.
Había dos pilotos sosteniendo con ternura a una mujer mayor, humilde, vestida con su mejor blusa, peinada con esmero, con los ojos llenos de asombro.
Ya dentro de la aeronave, Emiliano tomó el micrófono.