Pero lo que más le impactó no fue el lujo.
Era el silencio.
No había música alta.
No hay fiestas.
No hay visualización de excesos.
Sólo la paz.
Cuando salieron de la camioneta, una mujer mayor se apresuró a salir de la casa.
Parte 3:
– Señor. ¡A Alejandro!”
– Buenas noches, Clara.
La mujer miró a Valeria, luego a Sofía.
Su expresión se ablandó instantáneamente.
“No lo he visto sonreír así en años…”
Alejandro se aclaró la garganta, avergonzado.
“Clara, por favor, prepara una habitación para ellos.”
La mujer sonrió con calor.
“Con placer”.
Esa noche, mientras Valeria bañaba a Sofía, escuchó voces provenientes del estudio de Alejandro.
La puerta no estaba completamente cerrada.
No pretendía escuchar.
Pero las palabras la alcanzaron de todos modos.
“Señor, hemos comenzado a investigar a Rodrigo Salinas”.
– ¿Y?
“Tiene deudas de más de ochenta millones de pesos”.
Alejandro no dijo nada.
“También encontramos varias denuncias de fraude”.
– Vamos.
“Hay algo más…”
El jefe de seguridad colocó una carpeta en el escritorio.
“Creemos que el divorcio de la señorita Valeria fue planeado hace más de un año”.
Alejandro levantó la vista.
“Explica”.
“Rodrigo creó empresas fantasma. Él transfirió propiedades. Escondió dinero. Y parece que trabajó con varios abogados para dejarla con casi nada”.
Alejandro abrió la carpeta lentamente.
Cuando pasó las páginas, su expresión se enfrió más.
Luego se detuvo en una fotografía.
Mostró a Valeria firmando documentos.
Sonriendo.
Completamente inconsciente de que los papeles frente a ella estaban agotando sus propios activos.
Alejandro cerró la carpeta con un sonido agudo.
“Él no solo la traicionó”.
– No, señor.
– Él le robó.
– Exactamente. Y creemos que puede haber algo peor detrás de todo esto”.
A la mañana siguiente, Valeria se despertó con un comienzo.
Había oído algo afuera.
Con cuidado de no despertar a Sofía, se levantó de la cama y caminó hacia la ventana.
Entonces el aire dejó sus pulmones.
Un camión gris se sentó junto a la puerta principal.
El mismo tipo que Rodrigo condujo.
Sus luces estaban apagadas.
Pero alguien dentro estaba vigilando la casa.
En ese momento, sonó su teléfono.
Número desconocido.
Con los dedos temblorosos, ella respondió.
La voz en el otro extremo era la que había jurado que nunca más quería escuchar.
– Buenos días, Valeria.