El millonario fingió viajar a Europa… pero las grabaciones de la casa revelaron quién cuidaba de verdad a sus hijas

Patricia esperó a que desaparecieran.

Luego caminó hacia Rosa y le habló casi pegada a la cara.

—Te estás metiendo donde no debes.

—Solo cuido a las niñas.

—No. Las estás poniendo contra mí.

Rosa negó con la cabeza.

—Ellas tienen miedo.

Patricia sonrió, pero sus ojos estaban llenos de coraje.

—Pues más miedo vas a tener tú cuando Emiliano vea lo que encontré en tu cuarto.

Emiliano frunció el ceño.

En la pantalla, Patricia sacó de una bolsa un brazalete de oro.

El mismo que había dicho que Rosa le robó.

—Esto va a aparecer en tu cajón —dijo Patricia—. Y cuando él regrese, tú te vas a la calle. Sin finiquito. Sin recomendación. Sin nada.

Rosa se quedó pálida.

—Usted puso eso ahí.

—¿Y quién te va a creer, Rosa? ¿El millonario o la muchacha que limpia baños?

En la sala de monitoreo, Rubén miró a su jefe de reojo.

Emiliano no dijo nada.

Solo apretó los puños.

Pero Patricia siguió.

—Además, ya me cansé de que esas niñas te quieran tanto. Son Duarte, no son tus huerquillas de pueblo.

Rosa tragó saliva.

—No las quiero quitarle a nadie. Solo no me gusta verlas llorar.

Patricia soltó otra risa.

—Ay, qué noble. Neta das ternura.

Luego se acercó a la escalera y gritó:

—¡Daniela! ¡Baja!

La niña apareció en el descanso, con Martina detrás.

—Ven —ordenó Patricia.

Daniela bajó despacio.

Rosa quiso acercarse, pero Patricia levantó un dedo.

—Tú no.

Daniela se quedó frente a Patricia, rígida.

—Dile a Rosa lo que hablamos.

La niña miró al piso.

—No quiero.

—Díselo.

Daniela empezó a llorar en silencio.

—Señorita Patricia…

—Díselo o le quito a tu hermana su conejo para siempre.

Martina soltó un gemido.

Rosa dio un paso.

—Ya basta.

—¡Cállate!

El grito retumbó en la sala.

Daniela cerró los ojos y dijo con voz rota:

—Rosa… ya no nos abraces cuando papá no esté.

Rosa se quedó inmóvil.

—¿Por qué, mi niña?

Patricia sonrió.

Daniela no levantó la vista.

—Porque si nos abrazas… ella dice que le va a decir a papá que tú nos enseñaste a odiarla.

Emiliano sintió que el piso se movía.

Martina bajó corriendo y se pegó a Rosa.

—No es cierto, Rosita. Yo sí quiero que me abraces.

Rosa se hincó y las abrazó a las 2.

Patricia perdió el control.

—¡Suéltalas!

Y esta vez sí levantó la mano.

Antes de que pudiera tocar a Rosa, la puerta de la sala se abrió.

Emiliano entró.

No gritó.

No corrió.

No hizo escándalo.