—Cuando por fin se muera, nos llevamos al niño a la finca de Querétaro. Lejos de preguntas, lejos de vecinos, lejos de abogados metiches.
Mateo dio un paso atrás.
—¿Me van a llevar lejos de mi casa?
Sergio lo miró con desprecio.
—Te vamos a llevar donde aprendas a cerrar la boca.
—¡No quiero! ¡Quiero que mi mamá despierte!
—Tu mamá no va a despertar —escupió Sergio—. Y tú vas a hacer lo que yo diga.
Mateo levantó el rostro, temblando, pero con una furia nueva en los ojos.
—No. Mi mamá me dijo que si algo le pasaba, llamara a la licenciada Gálvez.
El silencio cayó como una losa.
La licenciada Gálvez era la abogada de Valeria.
Y era la única persona que sabía que Valeria había cambiado su testamento 2 semanas antes del accidente.
Sergio cerró la puerta con fuerza.
—¿Qué abogada, Mateo?
Renata palideció.
—Ese niño sabe demasiado.
Entonces ocurrió.
Un dedo de la mano derecha de Valeria se movió apenas.
Fue mínimo.
Casi nada.
Pero Mateo lo vio.
No gritó. No sonrió. No la delató.
Solo se acercó a su oído y susurró:
—No te muevas, mamá. Ya pedí ayuda.
Sergio tomó a Mateo del brazo.
—¿Qué le dijiste?
Mateo lo miró fijo.
—Que la amo.
Renata metió la mano en su bolsa de diseñador.
—El notario está abajo. Hay que terminar esto ya.
Sergio tomó la mano inmóvil de Valeria y apretó sus dedos contra una pluma.
—Vas a firmar, Valeria. Aunque tenga que mover tu mano yo mismo.
Pero ella ya no se estaba muriendo.
Y 5 minutos después, alguien tocó la puerta.
Renata sonrió.
—Debe ser el notario.
La puerta se abrió.
Pero no entró un notario.
Entró una mujer de traje oscuro, mirada firme y una carpeta bajo el brazo.
—Buenas noches, Sergio —dijo la licenciada Gálvez—. Antes de volver a tocar a mi clienta, le sugiero explicar por qué sus frenos fueron cortados.
PARTE 2
Sergio soltó la mano de Valeria lentamente.
No lo hizo por culpa. Lo hizo como un hombre que calcula qué tanto peligro tiene enfrente.
—¿Quién la dejó entrar? —preguntó, mirando hacia la cámara del pasillo.
—El mismo personal del hospital que ya habló con la policía sobre su comportamiento —respondió la licenciada Gálvez.
Renata dio un paso al frente con una sonrisa perfecta.
—Licenciada, qué bueno que vino. Pero esto es una tragedia familiar, no un circo legal. Mi hermana tuvo un accidente. Punto.
—Un accidente muy curioso —dijo Gálvez, levantando una tablet—. El peritaje mecánico indica que las líneas de freno fueron cortadas con herramienta. No se rompieron por desgaste.
Valeria escuchó cada palabra como si le devolvieran aire a los pulmones.
Mateo seguía junto a ella, agarrándole la mano con cuidado. Sus dedos pequeños temblaban, pero no la soltaba.
Renata se inclinó hacia Valeria y fingió acomodarle la sábana.
—Eso no prueba nada —susurró con veneno—. Nada.
Pero Valeria sintió algo distinto.
Su hermana tenía miedo.
—No cualquiera sabía que Valeria tomaría esa ruta esa noche —continuó la abogada—. Y no cualquiera se beneficiaba con su muerte.
Sergio soltó una risa forzada.
—¿Beneficiarme? Mi esposa está en coma. ¿Usted se escucha?
—También cambió su testamento —dijo Gálvez.