Las llaves. Por fin tenía en mis manos las llaves de mi nueva vida: una casa más pequeña, pero moderna, en un fraccionamiento tranquilo donde nadie me conocía, donde nadie tenía expectativas sobre lo que Renata Gómez debía o no debía hacer.
—Y aquí están los documentos de la venta de esta propiedad. Todo salió perfectamente, señora. Los compradores están muy contentos. Ya depositaron el monto completo.
Firmé los últimos papeles con una mezcla de nostalgia y emoción. Esa casa había sido mi sueño durante 40 años, pero ahora se había convertido en un campo de batalla. Era momento de dejarla ir.
—¿Cuándo necesita entregar la propiedad?
—Hoy, si es posible. Los compradores quieren mudarse esta misma semana.
Perfecto. No había tiempo para arrepentimientos ni dudas.
Sandra llegó con su coche justo cuando el abogado se retiraba. Habíamos quedado de recoger mis cosas y mudarme oficialmente a mi nueva vida.
—¿Lista para el gran cambio? —me preguntó mientras cargábamos las últimas cajas.
—Más que lista, Sandra. Siento que estoy empezando una nueva vida.
Mientras subíamos mis pertenencias al coche, doña Carmen, mi vecina de toda la vida, se acercó. Había sido una vecina buena, respetuosa y discreta, pero era evidente que sentía curiosidad por todo lo ocurrido.
—Renata, ¿es verdad que te vas?
—Sí, Carmen, me mudo hoy.
—¿Y todo esto fue por la pelea con Héctor?
—No fue una pelea, Carmen. Fue mi decisión.
Me miró con esa expresión que conocía bien, la de alguien que no entiende cómo una madre puede elegir su propio bienestar por encima de las necesidades de sus hijos.
—¿No te duele dejar la casa donde viviste tantos años?
—Me duele más haber pasado tantos años sin vivir de verdad.
No entendió mi respuesta, pero me deseó suerte y se despidió con esa formalidad que usan las personas cuando no aprueban tus decisiones, pero no se atreven a decirlo de frente.
Estábamos terminando de cargar cuando Héctor llegó. Venía solo, sin Marta ni los niños, con un rostro que mezclaba enojo y desesperación.
—¿Qué está pasando aquí? ¿Por qué estás cargando tus cosas?
—Me estoy mudando, Héctor.
—¿Mudándote a dónde?
—A mi nueva casa.
Se quedó parado en la banqueta como si hubiera recibido un golpe físico. No lo esperaba. Pensaba que después de unos días de mi berrinche cedería y abriría las puertas de la casa para ellos.
—¿Compraste otra casa? ¿Con qué dinero?
—Con mi dinero, Héctor. El dinero que ahorré durante años. Y esta casa la vendí.
El impacto fue inmediato. Se puso pálido. Empezó a temblar y tuvo que apoyarse en el coche para no caerse.
—Vendiste la casa. Vendiste nuestra casa.
—Vendí mi casa, Héctor. Nunca fue nuestra.
—Pero era la casa de la familia. Ahí íbamos a criar a los nietos. Era nuestra herencia.
Ahí estaba la verdad. No le importaba mi bienestar. No le preocupaba mi felicidad. Le dolía perder la herencia que ya daba por segura.
—Tu herencia es la educación que te di, los valores que te enseñé, las oportunidades que te di para que te convirtieras en un hombre. Yo compré esta casa para mí.
—Mamá, no puedes hacer esto. Deshaz la venta. Habla con los compradores.
—Ya es demasiado tarde, Héctor. Los documentos están firmados. El dinero está en el banco.
Se sentó en la banqueta y empezó a llorar como un niño. No lloraba por mí, no lloraba por nuestra relación, lloraba por el dinero que había perdido, por la casa que ya no iba a heredar.
—¿Dónde vamos a vivir? ¿Dónde van a dormir mis hijos?
—Eso es algo que tú tienes que resolver como cualquier otro hombre adulto.
Sandra cerró la cajuela y me hizo una señal de que ya era hora de irnos. No había nada más que hacer ahí.
—Héctor, me voy. Espero que algún día entiendas que lo que hice no fue para lastimarte, sino para respetarme.
—No puedes irte así. Soy tu hijo.
—Precisamente porque eres mi hijo, espero que algún día aprendas a valorar a las mujeres de tu vida en lugar de usarlas.
Subí al coche de Sandra sin mirar atrás. En el retrovisor vi a Héctor correr detrás del auto gritándome que regresara, que no podía hacerle esto, pero ya estaba hecho. Renata Gómez había cerrado un capítulo de su vida y estaba abriendo uno completamente nuevo.
—¿Cómo te sientes? —me preguntó Sandra mientras avanzábamos hacia mi nueva casa.
—Me siento renacida.
La casa nueva era perfecta. Más pequeña que la anterior, pero con todo lo que necesitaba. Dos recámaras, una para mí y otra para visitas. Una sala acogedora, una cocina moderna, un jardín pequeño pero bonito.
—Es hermosa, Renata. Vas a ser muy feliz aquí.
Tenía razón. Por primera vez en mi vida tenía un espacio completamente mío, sin ataduras, sin obligaciones hacia nadie más.
Esa tarde, mientras acomodaba mis cosas en mi nuevo hogar, sonó el teléfono. Era un número que no reconocía.
—¿Señora Renata Gómez?
—Sí, ella habla.
—Le habla el licenciado Héctor Torres. Represento a su hijo, Héctor Gómez. Mi cliente quiere impugnar la venta de la propiedad ubicada en la calle Bugambilias.
Así que Héctor había cumplido su amenaza. Había contratado a un abogado para intentar quitarme el derecho de vender mi propia casa.
—Licenciado, esa propiedad era mía. Tengo todos los documentos para comprobarlo.
—Lo entiendo, señora. Tal vez podríamos reunirnos para hablar de una posible solución.
—No hay nada que discutir, licenciado. Ejercí mi derecho legal de vender una propiedad que era completamente mía.
—Señora, mi cliente alega que la venta se realizó en un estado de angustia emocional y sin considerar los derechos familiares.