—Eres mi madre. Las madres se supone que ayudan a sus hijos.
—Y lo hice durante 45 años. Ya cumplí con mi parte.
Colgué el teléfono. No tenía sentido seguir una conversación que solo daba vueltas en círculos. Héctor todavía creía que podía manipularme con culpa, pero esa Renata ya no existía.
Sandra me ayudó a llevar las cajas a su coche. No eran muchas cosas, pero sí las importantes. El resto se quedaría con la casa.
—¿Dónde vamos a guardar todo esto?
—En tu casa, si no te molesta. Solo por esta noche.
—Claro que no me molesta. Me encanta ser parte de tu revolución.
Revolución. Qué palabra tan perfecta, porque eso era exactamente lo que estaba haciendo: revolucionando mi propia vida.
Esa noche cené en casa de Sandra. Cocinamos juntas, vimos una película, hablamos de nuestros planes para las próximas semanas. Por primera vez en mucho tiempo, no estaba preocupada por lo que los demás necesitaban de mí.
—Mañana va a ser un día muy interesante —me dijo Sandra antes de irnos a dormir.
—Mañana va a ser el primer día del resto de mi vida.
Y tenía razón.
El sábado llegó con un sol brillante que parecía iluminar el camino hacia mi nueva vida. Me levanté temprano, me arreglé con especial cuidado y regresé a mi casa para esperar el espectáculo que estaba a punto de comenzar.
A las 9 de la mañana llegó el primer camión de mudanza. Héctor venía manejando, seguido por Marta en su coche con los niños y Olivia. Detrás de ellos venía otro vehículo con más familiares que habían ido a ayudar con la mudanza. Los vi bajar con la energía de quien está seguro de que todo va a salir según el plan.
Héctor empezó a dar instrucciones a los cargadores como si fuera el dueño de la casa. Marta organizaba las cajas por prioridad. Los niños corrían emocionados hacia la puerta. Yo salí a recibirlos con una calma que incluso a mí me sorprendió. No había nervios ni dudas, solo una tranquilidad profunda de alguien que sabe exactamente lo que va a hacer.
—Buenos días —dije desde la entrada de la casa.
—Buenos días, mamá. Ya llegamos. Los muchachos van a empezar a bajar las cosas. ¿Puedes abrir bien la puerta para que quepa todo?
—No va a ser necesario, Héctor.
Se quedó paralizado. Los cargadores se quedaron esperando instrucciones. Marta levantó la vista de las cajas que estaba acomodando.
—¿Cómo que no va a ser necesario?
—No van a meter nada a esta casa.
El silencio que siguió fue ensordecedor. Todos se quedaron inmóviles procesando lo que acababa de decir. Fue como si hubiera detonado una bomba en medio de su operación perfectamente planeada.
—Mamá, ¿de qué estás hablando? El camión ya está aquí. Trajimos todas nuestras cosas.
—Y se las van a llevar de regreso.
Héctor se acercó a mí con esa cara que ponía cuando creía que podía intimidarme, pero yo ya no era la misma mujer.
—¿Estás loca? ¿Sabes cuánto nos costó el camión? Todo lo que tuvimos que hacer para organizar esto.
—Ese no es mi problema, Héctor. Yo nunca te pedí que organizaras nada.
Marta se acercó con los niños tomados de la mano. Leo y Camila me miraban confundidos, sin entender por qué su abuela no los dejaba entrar a lo que se suponía que sería su nueva casa.
—Mamá, ¿qué está pasando? Los niños quieren ver sus cuartos.
—No hay cuartos para ustedes aquí, Marta.
Olivia, que había permanecido en silencio dentro del coche hasta ese momento, bajó apoyándose en su bastón. Era una mujer de 75 años, delgada y frágil, que evidentemente no entendía lo que estaba pasando.
—¿Dónde está mi cuarto? —preguntó con voz débil.
—Aquí no hay cuarto para usted, señora —respondí con respeto, pero con firmeza.
Fue como si hubiera abofeteado a toda la familia. Héctor se puso rojo de coraje. Marta empezó a llorar. Los niños se abrazaron a su madre asustados.
—Mamá, no puedes hacernos esto. No tenemos a dónde ir.
—Ese es un problema que ustedes crearon cuando tomaron decisiones sin consultarme.
—Pero somos tu familia.
—Una familia que no me respeta no es familia. Son personas que me usan.
Los cargadores seguían de pie junto al camión esperando órdenes. La situación se estaba volviendo incómoda para todos.