Durante el desayuno, mi marido me arrojó café hirviendo a la cara…


—Señora, modere el tono.

Javier me observó la cara vendada, el cuello enrojecido y las cajas apiladas junto a la entrada. Durante unos segundos pareció no reconocer la escena. Estaba acostumbrado a que yo llorara, cediera y luego limpiara el desastre, no a encontrarme firme, callada y acompañada.

—Mariana, bájale a esto ahora mismo —dijo—. Estás haciendo el ridículo.

Saqué del bolso el reporte médico de urgencias y se lo tendí a uno de los policías, no a él.
—No voy a hablar sin testigos.

Aquello lo alteró de verdad.
—¿Testigos? ¿Ahora soy un delincuente porque se me fue una taza de la mano?

—No se te cayó —respondí—. Me la aventaste a la cara.

Paola soltó una risa breve, seca.
—Ay, por favor, qué drama. Ni que te hubiera matado.

El agente más alto dio un paso al frente.
—Basta. Estamos aquí para garantizar la recolección de pertenencias y tomar nota de lo ocurrido. Si continúan interfiriendo, actuaremos en consecuencia.

Seguí metiendo mis últimas carpetas en una caja azul. Dentro estaban mis recibos de nómina, la escritura del departamento, comprobantes de mantenimiento, estados de cuenta y una carpeta de correos electrónicos impresos. Llevaba meses guardándolo todo por costumbre, sin admitir para qué.

Ahí estaba la transferencia con la que pagué el enganche del departamento antes de casarme. También los mensajes de Paola pidiéndome dinero, y uno de Javier, enviado la noche anterior: “Si mi hermana necesita algo, se lo das y punto.”

Cuando fui hacia la recámara, Javier me siguió dos pasos hasta que el policía le ordenó detenerse. Se volvió hacia los agentes con su voz de vendedor impecable.
—Miren, ella está alterada. Está exagerando. Podemos hablar a solas.

—No quiero hablar a solas con usted —dije sin mirarlo.

Terminé de sacar mis cosas y firmé el acta de acompañamiento. Antes de irme, dejé las llaves del edificio en el mueble de la entrada, no las del departamento; esas seguían en mi mano.

Javier se fijó enseguida.
—¿Qué haces con esas llaves?

Respiré hondo.
—El departamento es mío. Mi abogada va a solicitar medidas hoy mismo.

No esperaba el cambio de color en su cara. Había vivido seis años ahí y aun así hablaba del lugar como si le perteneciera por derecho.

Paola reaccionó peor.
—No puedes dejar a mi hermano en la calle.

—Yo no lo dejé en la calle —contesté—. Él me quemó la cara en mi propia cocina.