—Voy a ponerme del lado de la verdad.
Por primera vez en toda la noche, Daniela pareció conmovida.
Alejandro caminó hasta ella.
—No sabía nada. Te lo juro.
Ella lo observó durante unos segundos.
—Quiero creerte.
—Entonces déjame ayudarte.
Patricia soltó una carcajada amarga.
—Qué conmovedor. La empleada llegó con vestido caro y ya todos la tratan como reina.
Daniela se volvió hacia ella.
—No necesito que me traten como reina. Solo necesito que usted deje de tratar a la gente como basura.
Esa frase atravesó el jardín entero.
Varias empleadas de la mansión, que habían estado observando desde la cocina, bajaron la mirada con lágrimas en los ojos.
Patricia las vio y gritó:
—¡Ustedes vuelvan adentro!
Pero nadie se movió.
Daniela alzó la voz.
—Durante tres años vi cómo les descontaban dinero por platos rotos que ustedes mismas compraban de nuevo. Vi cómo las obligaban a trabajar dobles turnos sin pagarles horas extra. Vi cómo una cocinera se enfermó y usted la corrió por faltar dos días.
Una mujer mayor, con mandil blanco, comenzó a llorar.
—Es verdad —dijo apenas—. A mí me corrió cuando me operaron.
Los invitados voltearon hacia ella.
Otra empleada habló:
—A mí me descontó el sueldo porque su nieto rompió una lámpara.
Otra más levantó la mano:
—A mí me amenazaron con migración, aunque soy mexicana.
La fiesta de cumpleaños se convirtió en un juicio público.
Patricia ya no tenía dónde esconderse.
La pantalla mostró entonces recibos, transferencias falsas, nóminas alteradas, mensajes de voz, órdenes firmadas por la propia Patricia.
Daniela no gritó.
No insultó.
No necesitó hacerlo.
Cada documento hablaba por ella.
Don Esteban se acercó a su nieta y le puso una mano en el hombro.
—Ya basta, mija. Ya dijiste lo necesario.
Pero Daniela negó suavemente.
—Todavía falta algo.
Miró a Patricia por última vez.
—Usted me invitó para humillarme frente a trescientas personas. Quería que todos se rieran de mi vestido, de mi origen, de mi trabajo. Así que quiero agradecerle.
Patricia la miró con odio.
—¿Agradecerme?
—Sí. Porque si no me hubiera dado esta invitación, quizá nunca habría encontrado el momento perfecto para mostrarle a todos quién es usted en realidad.
Un aplauso solitario rompió el silencio.
Fue Alejandro.
Después aplaudió la cocinera.
Luego el chofer.
Luego una de las invitadas.
En pocos segundos, casi todo el jardín estaba aplaudiendo.
Patricia miró alrededor, desesperada. Sus amigas ya no estaban a su lado. Verónica fingía contestar una llamada. Fernanda caminaba hacia la salida. Mariana y Silvia evitaban su mirada.
La mujer que durante años había usado el poder como látigo se quedó completamente sola en medio de su propia fiesta.
En ese momento, dos agentes ministeriales entraron por la puerta principal acompañados por un abogado.
—Señora Patricia del Castillo —dijo uno de ellos—, necesitamos que nos acompañe para rendir declaración por presunta administración fraudulenta, falsificación de documentos y explotación laboral.
Patricia abrió los ojos.
—Esto es una locura. ¡Alejandro, haz algo!
Alejandro la miró con dolor.
—Ya hice suficiente callándome toda la vida.
Patricia fue escoltada fuera de la mansión mientras los invitados guardaban silencio.
No hubo gritos.
No hubo escándalo.
Solo el sonido seco de sus tacones alejándose sobre el mármol.
Cuando la puerta se cerró, Daniela sintió que las piernas le temblaban.