—Hubo un problema con los papeles. Van a revisar todo antes de seguir.
Ella lo miró con esos ojos que siempre sabían cuando él ocultaba algo.
—¿Es grave?
Andrés quiso decir que no. Pero ya no soportaba otra mentira.
—No lo sé. Pero voy a averiguarlo.
No durmió. Se quedó sentado junto a su cama, revisando en el celular todos los mensajes de Verónica. “Estoy con ustedes”. “No sé qué harían sin mí”. “Andrés, pase lo que pase, no estás solo”. Antes le parecían frases de apoyo. Ahora sonaban como alguien ocupando un lugar con demasiada paciencia.
A las 5 de la mañana llamó a la doctora Renata Ponce, una oncóloga de Guadalajara que había estudiado con Mariana antes de que ella dejara enfermería para dedicarse a la docencia. Renata escuchó todo sin interrumpir.
—Mándame cada hoja, cada estudio, cada imagen —dijo—. Hoy mismo.
Andrés fue a casa, escaneó carpetas, autorizaciones, informes y análisis. También hizo algo que le dio vergüenza, pero que volvería a hacer: llamó a Verónica y fingió estar perdido.
—Necesito copias completas del expediente de Mariana. Quiero una segunda opinión, solo para estar seguro.
Del otro lado hubo medio segundo de silencio.
—Claro —respondió ella—. Yo te ayudo.
Ese medio segundo quedó clavado en Andrés como una astilla.
El sábado por la tarde, Renata llamó.
—Andrés, el tumor existe, pero no es lo que les dijeron. Es operable. No puedo prometer resultados sin ver a Mariana en persona, pero esto no es una sentencia terminal. Alguien tomó una condición tratable y la presentó como si ya no hubiera salida.
Andrés tuvo que detener la camioneta en una calle lateral. Apoyó la frente en el volante.
—¿Quién firmó la referencia?
—Ahí viene lo peor —dijo Renata—. El documento aparece procesado desde el sistema administrativo del Hospital San Ángel, donde trabaja Verónica Esparza.
El mundo se quedó sin ruido.
Andrés no gritó. No fue a buscar a Verónica. No rompió nada. Había aprendido en la obra que si una estructura está podrida, no golpeas al azar: encuentras la columna exacta que sostiene la mentira.
El lunes a las 8 de la mañana, entró a la oficina del director médico del Santa Regina con Renata a su lado. Rodrigo Luján también estaba presente. Andrés pidió que llamaran a Verónica.
—Ha acompañado todo este proceso —dijo—. Tiene derecho a escuchar.
Verónica llegó 15 minutos después, impecable, con blusa blanca y una expresión de falsa preocupación.
—¿Qué ocurre? ¿Mariana está bien?
Andrés no contestó. Renata abrió la carpeta.
—La paciente Mariana Villalobos no tenía una enfermedad terminal. Sus estudios muestran un tumor operable con buen pronóstico si se atiende pronto. La carta de referencia que afirmaba lo contrario fue alterada. Y el acceso administrativo registrado corresponde a usted, señora Esparza.
El rostro de Verónica perdió color.
—Eso es imposible.
Rodrigo giró la pantalla de su computadora.
—No lo es. Tenemos la bitácora de acceso, la hora de modificación y el usuario.
Verónica miró a Andrés. Por primera vez en 11 semanas, la mujer que parecía controlarlo todo se quedó sin guion.
—Yo solo quería ayudar.
—No —dijo Andrés, muy despacio—. Ayudar era decir la verdad.
Ella empezó a llorar, pero sus lágrimas ya no parecían de dolor. Parecían de derrota.
—Tú no entiendes lo que fue verte con ella todos estos años. Ver cómo la mirabas, cómo la cuidabas, cómo la elegías siempre. Yo estuve ahí antes, Andrés. Yo te conocí primero. Yo te quise primero.
Andrés sintió náuseas.
—Eres su hermana.