También encontró un mensaje de su tía Patricia, hermana de su madre:
“Esa criada se está metiendo demasiado. Córrela antes de que la vieja cambie el testamento.”
Santiago apretó el celular.
Ahí estaba el verdadero veneno de la familia.
Al día siguiente, Patricia llegó a la mansión con lentes oscuros, perfume caro y una sonrisa falsa.
—Ay, sobrino, qué bueno que volviste. Tu mamá está muy confundida. Esa muchacha la manipula.
Inés estaba en la cocina preparando caldo.
Santiago no respondió.
Patricia bajó la voz.
—Mira, te lo digo por tu bien. Si esa india lista logra que Mercedes firme algo, se arma un cochinero. La gente pobre huele el dinero, mijo.
Inés escuchó desde la puerta.
Se le cayó la cuchara.
Doña Mercedes, desde su silla de ruedas, apareció empujada por Armando.
—¿Así hablas de mi hija en mi casa?
Patricia se quedó helada.
—Mercedes, por Dios, no digas tonterías.
—La tontería fue creerles cuando me dijeron que mi bebé estaba muerta.
Patricia palideció.
Santiago lo notó.
—Tía… ¿tú sabías?
Patricia intentó reír.
—Claro que no.
Pero Armando sacó otra hoja de la carpeta.
Un recibo antiguo. 200,000 pesos de la época, firmados por Patricia Arriaga, entregados a la clínica el mismo día en que la bebé desapareció.
El aire se pudrió de golpe.
—Explícate —ordenó Santiago.
Patricia perdió la máscara.
—¡Tu padre iba a perderlo todo! —gritó—. ¡Esa niña nació enferma, la clínica dijo que no sobreviviría! Yo solo hice lo necesario para evitar un escándalo.
Doña Mercedes tembló.