Emiliano sacó su teléfono y anotó el nombre. Luego caminó hacia una sala lateral del vestíbulo y se sentó con Lucía todavía apoyada en él.
No se fue.
Óscar tampoco volvió a su oficina. Permaneció cerca de recepción, con los brazos cruzados, mirando a Emiliano como si fuera una mancha en el tapete. Iván fingía revisar la computadora. Una joven de concierge, llamada Renata, acomodaba folletos turísticos sin pasar una sola página. Un mesero del bar observaba de reojo. Dos huéspedes bajaron la voz.
La tensión empezó a crecer, no como un grito, sino como una vergüenza compartida. Todos veían que algo estaba mal. Nadie quería ser quien lo dijera.
Al cabo de unos minutos, Óscar se acercó a la sala.
—Señor, voy a ser claro. Este es un establecimiento privado. Ya se le informó que no podemos hospedarlo. No puede permanecer aquí ocupando el lobby.
Emiliano levantó la vista.
—Estoy sentado con mi hija dormida. No he molestado a nadie.
—No le estoy pidiendo su opinión.
La frase hizo que Renata dejara de mover las manos.
Emiliano respiró despacio.
—Entonces llame a seguridad. Quiero que quede claro lo que está haciendo.
Óscar hizo una señal.
Dos guardias aparecieron junto a la entrada del bar. Caminaban con esa pesadez de quienes han sido llamados muchas veces para sacar a alguien sin preguntar demasiado. Uno de ellos, el más joven, miró a Lucía y bajó la vista incómodo.
Lucía despertó justo cuando los guardias se colocaron a ambos lados.
Abrió los ojos de golpe. Miró los uniformes. Miró a Óscar. Luego abrazó más fuerte su conejo de peluche.
—¿Por qué nos quieren sacar? —preguntó.
Su voz fue pequeña, limpia, imposible de ignorar.
Óscar no le contestó.
La niña volvió a mirar a los guardias.
—¿Hicimos algo malo?
El silencio del vestíbulo se volvió más pesado.
Emiliano bajó la mirada hacia ella.
—No, mi vida. Tú no hiciste nada malo. Nunca pienses eso.
Lucía arrugó la frente, confundida.
—Pero si este lugar es para ayudar a la gente que necesita dormir, ¿por qué no nos ayudan?
Nadie respondió.
La pregunta, precisamente porque no tenía malicia, dejó al descubierto todo lo que los adultos intentaban esconder con palabras elegantes.
Óscar sintió que las miradas empezaban a volverse contra él y eligió endurecerse.
—Escolten al señor y a la menor fuera del hotel.
El guardia joven dudó.
—Señor gerente…
—Ahora.
Emiliano se puso de pie lentamente, con Lucía pegada a su costado. No caminó hacia la puerta. Sacó el teléfono de su bolsillo, marcó un número y habló con calma.
—Baja al lobby. Ahora. Trae a jurídico y a recursos humanos. Sí, soy yo.
Colgó.
Óscar soltó una risa breve.
—Señor, no sé qué pretende, pero esta situación terminó.
—Todavía no —respondió Emiliano.
El elevador sonó.
Fue un sonido común, pero todos lo escucharon como si fuera una campana.
Las puertas se abrieron y de ellas salió Alonso Treviño, director ejecutivo de Grupo Duarte. Venía con el saco mal acomodado, el rostro tenso y 2 personas detrás: la directora jurídica y el jefe de recursos humanos. Alonso cruzó el vestíbulo sin mirar a Óscar ni a Iván. Fue directo hacia Emiliano.
Se detuvo frente a él y bajó la cabeza.
—Señor Duarte, perdón por la espera.
El lobby entero dejó de respirar.
Iván se quedó blanco.