“Mi amor, ¿ya llegaste? ¿Cómo sigue tu papá?”
“Mejor que tu conciencia.”
Hubo silencio.
“¿De qué hablas?”
“Encontré la carpeta amarilla.”
Iván dejó de respirar por un segundo.
Y entonces supe que lo más grave todavía no lo había descubierto.
¿Qué creen que escondía Iván realmente: desesperación, ambición o un plan hecho con toda la intención?
PARTE 3
“Iba a contártelo”, dijo Iván, con la voz baja.
“¿Antes o después de perder mi departamento?”
“No exageres, Andrea. Solo necesitaba una garantía temporal.”
“Falsificaste mi firma.”
“No fue así. Usé documentos que ya teníamos. Somos esposos.”
Esa frase me dolió más que cualquier insulto. “Somos esposos” para él significaba que mi esfuerzo también era suyo, pero sus deudas nunca eran mías hasta que necesitaba salvarse.
“Mi departamento no es tu caja chica”, le dije.
“Mi empresa estaba a punto de caer. Si no conseguía ese crédito, perdía todo.”
“Entonces decidiste perderme a mí.”
Iván respiró fuerte, desesperado.
“Mi mamá no tenía dónde vivir. Entregó su cuarto porque yo le prometí que la iba a acomodar.”
“¿En mi casa?”
“Sabía que ibas a decir que no.”
“Porque era no.”
“Por eso tuve que hacerlo así.”
Ahí entendí que Iván no estaba arrepentido. Estaba molesto porque lo descubrí antes de que su plan funcionara.
A las diez de la noche llegó al edificio con doña Graciela. Los vi por la cámara. Él traía camisa blanca, peinado perfecto, cara de hombre inocente. Ella venía llorando, pero de coraje.
“Andrea, abre. Vamos a hablar como adultos.”
No abrí.
Puse el celular en altavoz. Mi abogada estaba escuchando.
“Señor Iván Rivas”, dijo la licenciada Marisol, “le informo que esta conversación está siendo grabada. Usted no tiene autorización para entrar. La documentación falsa ya fue enviada al banco, a la administración y será presentada ante el Ministerio Público.”
Del otro lado de la puerta hubo un silencio largo.
Luego doña Graciela gritó:
“¡Malagradecida! ¡Vas a destruir a mi hijo por un departamento!”
Abrí la mirilla.
“No, señora. Su hijo se destruyó cuando decidió robarle a su esposa.”
Iván golpeó la puerta con la palma abierta.
“Andrea, por favor. No arruines mi vida.”
“¿Y la mía sí se podía arruinar?”
No respondió.
A los minutos subieron los guardias. Los acompañaron hasta la salida. Doña Graciela siguió gritando que yo era una mujer sin corazón. Iván no dijo nada. Por primera vez no parecía un hombre exitoso. Parecía un niño descubierto con las manos llenas de algo ajeno.
Los días siguientes fueron una pesadilla, pero también una limpieza.
La notaría confirmó que Iván había intentado validar documentos con copias manipuladas. El banco congeló el crédito. Mi abogada presentó la denuncia. En los mensajes que recuperamos, doña Graciela le decía:
“Hazlo rápido antes de que vuelva. Ya estando yo adentro, no podrá sacarme fácil.”
Iván respondió: