No fue un timbrazo normal. Fueron tres golpes secos, pesados, como si quien estaba afuera no pidiera permiso.
Todos volteamos.
Del otro lado se escuchó una voz de hombre.
—Don Manuel, ya se acabó el plazo. Abra.
Daniela soltó un gemido.
Mi mamá me agarró del brazo.
—Claudia, por favor, no digas nada. Si te ven, van a saber que ya puedes pagar.
Me zafé despacio.
—Entonces sí sabían que esto podía pasar.
Volvieron a golpear.
—Traemos los papeles que firmaron. Hoy no nos vamos sin respuesta.
Mi papá, que siempre decía que en su casa nadie lo intimidaba, retrocedió un paso.
Entonces mi celular vibró. Era un mensaje del abogado Herrera: “No firme nada con su familia. Revisamos antecedentes de Álvaro Salcedo. Hay denuncias previas por fraude.”
Levanté la vista y miré a mi hermana.
—Daniela, ¿qué exactamente te dijo Álvaro que hicieras con mis papás?
Y por la forma en que mi mamá dejó de respirar, supe que el verdadero plan no había empezado con la lotería.
¿Qué creen que escondía Álvaro y por qué toda la familia parecía dispuesta a sacrificar a Claudia antes de enfrentar la verdad?
PARTE 3
Daniela miró mi celular como si ahí estuviera escrita su condena.
Los golpes en la puerta seguían. Mi papá caminó hacia la sala, pero no abrió. La casa que tanto presumía ya no parecía sostenerlo.
—Contéstame —le dije a mi hermana—. ¿Qué te pidió Álvaro?
Daniela negó con la cabeza, llorando.
—Yo no sabía todo.
—Eso no fue lo que pregunté.
Mi mamá se interpuso.
—No la presiones. Está embarazada.
Esa frase, que durante años habría bastado para callarme, ya no funcionó.
—Tú la estás usando para no contestar. Igual que siempre.
Mi papá regresó del pasillo.
—Van a romper la puerta.
—Entonces llamen a la policía.
—¡No! —gritaron los tres casi al mismo tiempo.
Ahí quedó todo claro. No era una deuda normal. Y mis papás no solo habían firmado por amor a Daniela.
Daniela se sentó en una silla del patio, temblando.
—Álvaro dijo que si tú ganabas, podíamos arreglarlo. Que tus papás tenían derecho a una parte porque te criaron. Que si tú te negabas, teníamos que presionarte. Yo pensé que era solo asustarte.
—¿Él sabía de mi boleto?
Mi mamá bajó la mirada.
—¿Quién se lo dijo?
Mi papá respondió sin mirarme.
—Tu madre.
Rosa se llevó las manos a la cara.
—Yo solo le conté a Daniela. Daniela le contó a Álvaro. No pensé que…
—Nunca piensas cuando se trata de ella —la interrumpí—. Siempre pones mi vida en pausa para resolverle la suya.
Afuera, la voz del hombre sonó más cerca.
—Sabemos que la hija llegó. Mejor abran antes de que esto se ponga feo.
Marqué al 911. Mi mamá intentó quitarme el teléfono, pero me aparté. Di la dirección y expliqué la amenaza. Después llamé al licenciado Herrera y puse el altavoz.
—No abra la puerta —me dijo—. Ya revisamos a Álvaro Salcedo. Tiene dos denuncias por esquemas de inversión falsos en Puebla y Querétaro. Grabe todo y no firme nada.
Daniela se cubrió la boca.
—Él dijo que eran pleitos de exsocios.
—También dijo que yo era egoísta —respondí—. A todos nos vendió una historia distinta.
La patrulla llegó antes de que tiraran la puerta. Dos hombres intentaron irse, pero los detuvieron. Traían pagarés y fotos de la casa. Mi papá tuvo que identificarse ante los vecinos.
En la delegación, la verdad salió por pedazos.
Álvaro había convencido a mis papás de firmar pagarés por 1 millón 450 mil pesos, supuestamente para comprar equipo de una franquicia de cafeterías. Les prometió que abrirían un local para Daniela y recuperarían el doble. Para presionarlos, les dijo que yo podía respaldar la operación si “dejaba de ser resentida”.
Pero lo peor fue una hoja que mi papá entregó con manos temblorosas.
Era una carta poder con mi nombre mal escrito y una firma que intentaba parecerse a la mía. Según ese documento, yo autorizaba a mi mamá a negociar parte del premio “por motivos de unidad familiar”.
Miré a Rosa.
—¿Qué es esto?
Ella empezó a llorar.
—Yo no la hice.
Daniela susurró:
—Álvaro me pidió una foto de tu credencial. Dijo que era para verificar que el boleto era real. Yo la tenía porque una vez me prestaste tu INE para recoger un paquete.
Me quedé sin aire. No solo querían convencerme. Si yo me resistía, iban a intentar usar mi identidad.
El licenciado Herrera llegó y habló claro:
—Esto ya no es pleito familiar. Hay posible falsificación, intento de fraude y uso indebido de documentos.