Yo miré su traje.
Sus manos limpias.
Sus zapatos brillantes.
Pensé en mis rodillas hundidas en la nieve seis semanas antes.
Pensé en Lily llorando debajo de mi abrigo.
Pensé en Patricia detrás del vidrio, decidiendo que una puerta cerrada era más cómoda que una conciencia.
“Baja la voz”, murmuró Lucas. “Estás asustando a la gente.”
Casi sonreí.
Incluso entonces, lo que más le preocupaba era la audiencia.
“No”, dije. “La gente debería estar asustada.”
Sus ojos bajaron a Lily.
Por un segundo vi algo parecido al miedo.
No amor.
No culpa.
Miedo.
Porque Lily era prueba viva.
Porque mi presencia rompía la historia que había vendido.
Porque una mujer muerta de frío no debería presentarse en una boda con la espalda recta y la mirada seca.
“Emma”, dijo, más bajo. “No hagas esto.”
Yo pensé en todas las veces que esa frase había significado no me avergüences, no me contradigas, no obligues a los demás a ver quién soy.
Levanté la barbilla.
“Vengo a darte lo que olvidaste”, susurré.
Vanessa ya estaba detrás de él, pálida bajo el maquillaje.
Patricia se levantó de su silla.
Los invitados empezaron a murmurar.
Yo metí la mano bajo la manta de Lily.
Lucas siguió el movimiento con los ojos.
“Y vengo a recuperar lo que robaste.”
Entonces la música se detuvo.
El silencio fue tan completo que se oyó el chasquido de una copa apoyándose mal sobre una mesa.
Lucas miró mi mano.
Vio el borde del papel.
No todo.
Solo lo suficiente.
El borde del documento que él creyó guardado, perdido o enterrado bajo años de encanto y amenazas suaves.
La nieve seguía cayendo detrás del vidrio.
Lily respiraba contra mi pecho.
Y por primera vez desde la noche en que cerró la puerta, Lucas Harrington pareció entender que yo no había venido a pedir permiso…