“¿Y si no quiere poner su casa también a mi nombre?”
Carmen palideció, pero no por vergüenza. Por rabia.
—Eso es ilegal —escupió—. No puedes grabar conversaciones ajenas.
—Mi teléfono estaba en mi recámara —respondió Lucía—. Y ustedes hablaban de quitarme mi patrimonio.
Andrés intentó arrebatarle el celular.
Lucía retrocedió.
—No des otro paso.
Él se detuvo.
Quizá por primera vez en 2 meses entendió que ella ya no estaba dentro del papel que le habían asignado.
Lucía bajó las escaleras sin llevarse la maleta.
En la cocina, la olla seguía sobre la estufa. La cuchara estaba dentro, inclinada, tocando el fondo quemado.
Ese sonido ya no volvería a perseguirla.
Carmen la siguió.
—Si sales por esa puerta, no vuelves.
Lucía abrió la puerta principal.
—Ese era el plan de ustedes, ¿no?
Nadie contestó.
Ella se fue con la bolsa del trabajo, su celular y las llaves de su coche.
Manejó hasta la colonia Portales con el corazón golpeándole las costillas. Cuando abrió la puerta de su casa, el olor a madera limpia y café viejo la recibió como una mano en la espalda.
Todo estaba como lo había dejado.
Su sillón gris.
Sus plantas junto a la ventana.
La mesa que había comprado usada y lijado durante 2 fines de semana.
La cocina pequeña donde nadie le decía cuánto debía pagar para merecer un lugar.
Esa noche durmió en paz por primera vez desde la boda.
A las 7 de la mañana, llamó a la licenciada Salvatierra.
A las 9, cambió chapas.
A las 11, pidió copias certificadas de sus escrituras.
Al mediodía, bloqueó las tarjetas adicionales que había agregado para emergencias de Andrés.
A las 3 de la tarde, Andrés y Carmen tocaron su puerta.
Lucía no abrió completo. Dejó puesta la cadena.
Andrés parecía no haber dormido.
Carmen llevaba lentes oscuros, como si la dignidad todavía pudiera disfrazarse.
—Lucía, por favor —dijo Andrés—. Déjanos pasar.
—No.
—Tenemos que hablar como familia.
—La familia no es una emboscada.
Carmen se quitó los lentes.
—Esto se salió de control por tu orgullo.
Lucía sonrió.
—Mi orgullo no escondió mi pasaporte.
Andrés bajó la voz.
—Lo tengo aquí.
Sacó un sobre manila.
Lucía extendió la mano por la rendija.
—Dámelo.
—Primero hablemos.
Ella cerró la puerta.
Del otro lado, Andrés golpeó una vez.
—¡Lucía!
Ella llamó a la patrulla.
Cuando los policías llegaron, Andrés entregó el sobre con las manos temblorosas. Carmen quiso explicar que todo era un malentendido familiar, pero la palabra sonó tan gastada que ni ella misma pudo sostenerla.
Días después, la demanda de divorcio fue presentada.
Entonces apareció la verdad completa.
Andrés tenía 4 tarjetas hasta el límite, un préstamo personal que Carmen había avalado y una deuda con un despacho de cobranza que ya amenazaba con demandarlo. La casa de Coyoacán estaba libre, sí, pero Carmen no quería tocarla. Prefería usar el patrimonio de Lucía.
Durante la audiencia provisional, Carmen intentó mostrarse como una madre preocupada.
—Yo solo quería que mi hijo y su esposa construyeran algo juntos.