—Andrés guardaba llamadas, mensajes, fotos y documentos. Decía que era por seguridad. Pero ayer escuché a su mamá decir que, si yo estorbaba, también podían hacerme quedar como inestable.
La miré con rabia.
—¿Tú sabías que me iban a hacer daño?
Ivonne bajó los ojos.
—Sabía que querían sacarte de la casa. No sabía lo del internamiento ni lo de los testigos falsos. Y no llevo 4 meses con él. Llevo casi un año.
Un año.
Mientras Andrés me pedía matrimonio, ya estaba con ella.
—Me dijo que tú eras fría, que no lo querías, que tu familia te había abandonado. Me mintió a mí también.
No la perdoné. Pero entendí algo peor: Andrés no improvisaba. Estudiaba a las mujeres, les decía lo que necesitaban escuchar y luego usaba sus heridas como herramientas.
Barragán conectó la memoria USB.
Aparecieron nombres: Fernanda, Lucía, Marisol. Mujeres a las que Andrés había enamorado, endeudado y abandonado. Una firmó un crédito por él. Otra le entregó sus ahorros. Otra casi perdió su departamento.
Yo no era su primera víctima.
Solo era la más conveniente.
Luego escuchamos un audio de Rebeca.
—Primero hazla sentir exagerada. Luego inútil. Luego culpable. Cuando ya no confíe en su cabeza, firma lo que sea.
Sentí náuseas.
Esa mujer me había abrazado frente al altar sabiendo que planeaba destruirme.
Barragán sacó otra hoja.
—Hay algo más.
Era una consulta reciente al fideicomiso de mi abuela. Alguien había solicitado acceso 18 días antes de la boda.
No fue Andrés.
No fue Rebeca.
Fue Mauricio Montes.
Mi primo. El mismo que me abrazó en la iglesia y me dijo:
—Por fin alguien te va a cuidar como mereces.
Me cubrí la boca.
—No puede ser.
Gerardo cerró los ojos.
—Mauricio lleva meses peleando por más poder dentro de la empresa. Si tú recibías las acciones de tu abuela, su grupo perdía fuerza.
—Entonces usó a Andrés.
—Eso parece.
Mi celular vibró.
Número desconocido.
El mensaje decía:
Tu abuela sabía que el enemigo no siempre llega con apellido ajeno. Revisa el relicario que llevaste al altar.
Me llevé la mano al cuello.
El relicario de oro de mi abuela ya no estaba.
Recordé que Andrés me abrazó antes del vals y dijo que el broche estaba torcido. Él mismo lo tocó.
Buscaron en la suite, en el baño, entre los regalos y en el lobby. Nada.
Hasta que una camarista subió con un sobre pequeño.
—Lo encontré junto al elevador de servicio.
El relicario estaba abierto. Dentro, escondida en una ranura diminuta, había una tarjeta de memoria.
Barragán la conectó.
La pantalla mostró a mi abuela Amalia, sentada en su jardín de Coyoacán, más delgada que en mis recuerdos, pero con la mirada firme.