En el fondo de una cómoda de la casa había un cuaderno azul. Las tapas estaban gastadas y las hojas olían a humedad.
Era el diario de Don Aurelio.
Meses y meses de notas pequeñas:
“María me llevó al cardiólogo.”
“Hoy volvió con sopa porque no tenía ganas de cocinar.”
“Llamó tres veces para saber si había llegado bien del hospital.”
“Raúl canceló otra visita.”
“Qué raro sentirse cuidado sin tener que pedirlo.”
La última entrada estaba fechada dos semanas antes de morir:
“Si mis hijos leen esto algún día, quiero que sepan que no castigo a nadie. Solo agradezco a quien estuvo aquí.”
Lloré sobre aquellas páginas.
El juicio
El día de la audiencia llevé el cuaderno conmigo.
Los hijos de Don Aurelio llegaron con abogados caros. Yo llevaba una carpeta de plástico y un traje viejo.
Creí que me harían pedazos.
Hasta que el juez abrió el diario.
La sala quedó en silencio mientras leía algunas entradas en voz alta.
Luego levantó la vista hacia Raúl.
—¿Cuándo fue la última vez que visitó a su padre antes de su fallecimiento?
Raúl dudó.
—No recuerdo la fecha exacta.
—La señora María sí la recuerda. Porque estuvo con él casi todos los días.
La audiencia terminó una hora después.
El testamento quedó firme.
La casa seguía siendo mía.
Lo que nadie esperaba
Salí del juzgado agotada. Pensaba volver al lago y desaparecer del mundo unas semanas.
Entonces alguien me llamó.
—María.
Era Clara, la hija menor de Don Aurelio.
La única que nunca había gritado ni amenazado.
Se acercó despacio, con los ojos cansados.