Una joven llamada Sofía Navarro.
Y toda referencia a ella había sido eliminada de los informes que él había recibido.
—Cuando encontré el expediente completo entendí lo que había pasado.
Sentí rabia.
Confusión.
Dolor.
—¿Por qué no me lo dijiste inmediatamente?
Alejandro bajó la mirada.
—Porque necesitaba pruebas.
Y porque sabía que si te contaba todo antes, jamás aceptarías mi ayuda.
No pude discutir eso.
Probablemente tenía razón.
El verdadero enemigo
Continué leyendo los documentos.
Entonces encontré algo todavía peor.
Un memorándum firmado por Verónica Mendoza.
Decía:
«No se recomienda ningún contacto adicional con la familia de la otra sobreviviente. Cualquier interacción podría generar responsabilidades legales innecesarias. Caso cerrado.»
Caso cerrado.
Así se había referido a mi hija.
Como si fuera un problema administrativo.
Como si su vida no importara.
Sentí una mezcla de furia e impotencia.
—Ella sabía que Sofía estaba viva.
—Sí.
—Sabía que existía una madre buscándola.
—Sí.
—Y decidió ignorarnos.
Alejandro asintió.
—Por eso necesitaba que estuvieras aquí.
Continua en la siguiente pagina
La confrontación
Como si hubiera estado esperando el momento exacto, la puerta se abrió.
Verónica acababa de regresar a la mansión.
Entró en la habitación con expresión fría.
Sus ojos se dirigieron inmediatamente al sobre.
—Veo que finalmente le contaste.
Me puse de pie.
—¿Cómo pudo hacer algo así?
Ella mantuvo la calma.
—Protegía a mi sobrino.
—No. Protegía el dinero.
Por primera vez, su expresión cambió.
Alejandro avanzó con su silla.