Finalmente dijo:
—Cásate conmigo.
Pensé que había escuchado mal.
—¿Qué?
—Cásate conmigo.
Lo miré como si hubiera perdido la razón.
—Tienes veinte años.
—Lo sé.
—Yo tengo cuarenta y tres.
—También lo sé.
—Soy tu empleada.
—Puedo contratar a otra persona.
Me crucé de brazos.
—Esto es absurdo.
Alejandro respiró profundamente.
—Escúchame primero.
Entonces me explicó algo que yo desconocía.
Aunque era legalmente adulto, gran parte de su fortuna seguía protegida por un fideicomiso familiar.
Hasta cumplir veintiún años, ciertos movimientos financieros importantes requerían supervisión de su tía Verónica, administradora temporal del patrimonio.
Sin embargo, existía una excepción.
Las decisiones médicas de emergencia podían ser autorizadas conjuntamente por Alejandro y su cónyuge.
—Si nos casamos, podremos liberar los fondos para el tratamiento de Sofía sin que ella pueda bloquearlos fácilmente.
Me quedé sin palabras.
—No puedo hacer eso.
—Sí puedes.
—Sería aprovecharme de ti.
—No.
—Sí.
—Cristina, tu hija necesita ayuda.
—Y tú necesitas vivir tu propia vida.
Alejandro sostuvo mi mirada.
—Déjame decidir qué quiero hacer con ella.
Continua en la siguiente pagina
Una decisión imposible
Esa noche casi no dormí.
Sabía lo que la gente pensaría.
Sabía cómo se vería desde afuera.
Pero también sabía algo más.
Si no hacía nada, Sofía perdería la oportunidad más importante de su vida.
Al día siguiente acepté.
No porque quisiera casarme.
No porque estuviera enamorada.
Lo hice porque era madre.
Y porque no podía permitir que mi hija perdiera su única oportunidad.
La boda
Tres días después nos casamos en un juzgado.
Fue una ceremonia sencilla.
Sin música.
Sin invitados.
Sin celebración.
Solo nosotros, un funcionario y un pequeño ramo de flores comprado durante el camino.
Cuando firmamos los documentos, Alejandro tomó mi mano.
—La transferencia del dinero se realizará esta misma tarde.
Por primera vez en mucho tiempo sentí un pequeño alivio.
Pensé que lo peor había terminado.
Estaba equivocada.