Después entendí que amor también era llamar a una enfermera, contratar una abogada, abrir ventanas, quitar una cama de hospital de la sala y decir:
“No voy a abandonar a un enfermo. Voy a abandonar el abuso.”
Esteban creyó que me tenía por comida y techo.
Tomás creyó que yo era una señora esperando desalojo.
Sus amigos creyeron que yo era una enfermera gratis.
Y quizá durante un tiempo lo fui.
Pero incluso una mujer usada como mueble aprende a moverse cuando descubre que todavía tiene piernas.
Ese día no grité.
No rompí platos.
No le aventé las conchas.
Solo empecé a quitarle todo lo que nunca debió tener:
mi dinero,
mi trabajo sin descanso,
mi silencio,
mi miedo,
mi vida.
Y cuando terminé, lo único que quedó en sus manos fue lo que siempre había sido suyo:
su cuerpo,
su hijo,
sus decisiones,
y la soledad exacta que construyó riéndose de la mujer que lo sostenía.
er en la boca a Esteban.