SU ESPOSA LE QUITABA LA TARJETA Y SOLO LE DABA 20 PESOS…

Pero él ya había tomado el celular.

—¡5 años quitándome mi dinero para dárselo a otro cabrón!

Maribel abrió un cajón, sacó un sobre amarillo grueso y lo puso frente a él con las manos temblando.

—Antes de decir otra cosa, abre esto.

Martín miró el sobre como si fuera una bomba.

Y cuando rompió la solapa, sintió que el aire se le atoraba en el pecho.

PARTE 2

Dentro del sobre no había cartas de amor.

No había fotos.

No había pruebas de una traición.

Había papeles de notaría.

Martín sacó la primera hoja con las manos tensas, todavía respirando como toro encerrado.

Leyó el encabezado.

“Contrato de compraventa.”

Luego vio su nombre.

Martín Hernández López.

Y al lado, el de ella.

Maribel Cruz Hernández.

Después leyó la dirección.

Un terreno de 120 metros cuadrados en Tecámac, Estado de México.

Martín parpadeó.

Volvió a leer.

La hoja parecía burlarse de su enojo.

—¿Qué es esto? —murmuró.

Maribel se limpió una lágrima con el dorso de la mano.

—Es nuestro terreno.

Él no contestó.

No porque no quisiera, sino porque de pronto no encontró voz.

Maribel sacó otra hoja del sobre.

Era un plano sencillo.

Una casita de 2 recámaras, sala, cocina, baño, patio de servicio y un pedazo de jardín al frente.

En una esquina, con pluma azul, alguien había escrito:

“Espacio para bugambilia.”

Martín tragó saliva.

Cuando eran novios, él siempre decía que algún día tendría una casa con una bugambilia en la entrada, como la de su abuela en Oaxaca.

Lo decía de broma.

Lo decía cuando no tenían ni para pagar completo el cuarto donde vivían.

Maribel nunca se burló de ese sueño.

Solo lo guardó.

—Ernesto no es ningún hombre escondido —dijo ella con la voz temblorosa—. Es el dueño del terreno. Mañana terminamos de pagarle.

Martín levantó la mirada.

La rabia se le cayó de la cara poco a poco, como pintura vieja bajo la lluvia.

—¿Terminamos?

—Sí.

Ella abrió la libreta de cuadritos que siempre tenía en la mesa.

Martín la había odiado durante años.

Le parecía el símbolo de su humillación.

Ahí estaban todos los recibos, las cuentas y los ahorros.

Cada página tenía fechas, cantidades, pagos, abonos y notas pequeñas.

“Quitar 100 del pollo.”
“No comprar blusa.”
“Guardar horas extra de Martín.”