La coloqué sobre el escritorio.
Laura la vio primero.
Luego Robles.
Y ambos quedaron inmóviles.
Como si alguien hubiera desconectado el aire de la habitación.
La credencial decía:
PODER JUDICIAL FEDERAL
MAGISTRADA VALERIA MONTES
El silencio fue absoluto.
Laura se dejó caer en una silla.
Robles parpadeó varias veces.
—Usted… usted es…
—Sí.
El director abrió la boca.
La cerró.
Volvió a abrirla.
No encontró palabras.
—Durante meses no dije quién era porque quería que mi hija fuera tratada como cualquier otra estudiante.
Miré a Sofía.
—Y descubrí cómo tratan ustedes a los niños cuando creen que nadie importante está mirando.
Nadie se movió.
Nadie respiró.
Entonces saqué otro objeto de mi bolso.
Una memoria USB.
—¿Qué es eso? —preguntó Laura.
—Las copias de las cámaras de seguridad que un empleado inteligente decidió guardar antes de que alguien intentara borrarlas.
Ahora sí.
El miedo apareció en sus ojos.
Verdadero miedo.
Porque no solo había una grabación.
Había semanas enteras.
Pasillos.
Salones.
Oficinas.
Castigos.
Gritos.
Niños llorando.
Y algo peor.
Mucho peor.
Según las grabaciones, Sofía no era la única.