Mi hermana gemela era golpeada a diario por su marido maltratador. Mi hermana y yo intercambiamos identidades e hicimos que su marido se arrepintiera de sus actos.

—¿A Sofía?

Lidia asintió, llorando ya sin fuerzas.

—Tiene tres años, Nay. Llegó borracho, perdió dinero en apuestas… la abofeteó. Yo intenté detenerlo y me encerró en el baño. Pensé que me iba a matar.

El zumbido de los focos desapareció. El hospital entero se volvió pequeño. Lo único que veía era a mi hermana frente a mí, rota, suplicando sin decirlo, y a una niña de tres años aprendiendo demasiado pronto que el hogar puede ser un campo de guerra.

Me puse de pie despacio.

—No viniste a visitarme —dije.

Lidia alzó el rostro, confundida.

—¿Qué?

—Viniste a buscar ayuda. Y la vas a tener. Te vas a quedar aquí. Yo salgo.

Se quedó pálida.

—No puedes. Te van a descubrir. No sabes cómo es el mundo afuera. Ya no eres…

—Ya no soy la de antes —la interrumpí—. Tienes razón. Soy peor para gente como ellos.

Me acerqué, le tomé los hombros y la obligué a mirarme.

—Tú todavía esperas que cambien. Yo no. Tú eres buena. Yo sé pelear con monstruos. Siempre he sabido.

La campana del fin de visita sonó en el pasillo.

Nos miramos. Gemelas. Dos mitades de una misma cara. Pero solo una de nosotras estaba hecha para entrar en una casa infestada de violencia y no temblar.

Nos cambiamos rápido. Ella se puso mi suéter gris del hospital. Yo su ropa, sus zapatos gastados, su credencial. Cuando la enfermera abrió la puerta, me sonrió sin sospechar nada.

—¿Ya se va, señora Reyes?

Bajé la vista e imité la voz tímida de Lidia.

—Sí.

Cuando la puerta metálica se cerró detrás de mí y el sol me golpeó la cara, sentí que me ardían los pulmones. Diez años. Diez años respirando aire prestado. Caminé hasta la banqueta sin mirar atrás.

—Se te acabó el tiempo, Damián Reyes —murmuré.

Parte 2 …

La casa estaba en Ecatepec, al final de una calle húmeda y triste donde los perros flacos dormían junto a las llantas de coches descompuestos. La fachada estaba descarapelada. La reja oxidada. El olor me golpeó antes de entrar: humedad, grasa rancia y algo agrio, como comida echada a perder.

No era una casa. Era una trampa.

La vi enseguida.

Sofía estaba sentada en una esquina abrazando una muñeca sin cabeza. Tenía la ropa chica, las rodillas raspadas, el cabello enredado. Cuando levantó la vista, sentí que el corazón se me partía. Tenía los ojos de Lidia. Pero no la luz.

—Hola, mi amor —dije, arrodillándome—. Ven conmigo.

No corrió a abrazarme. Se hizo hacia atrás.

Y detrás de mí sonó una voz amarga.

—Mira nada más. La princesa decidió volver.

Me giré. Ahí estaba doña Ofelia, la suegra. Bajita, pesada, con bata floreada y una mirada capaz de agriar la leche.

—¿Dónde andabas, inútil? —escupió—. Seguro fuiste a llorarle a tu hermana loca.

No dije nada.