Los dejó en el desierto, Lim,,

La luz del atardecer cayó sobre la cara de Lewis.

Estaba pálido.

Está sudando.

Tiene una llave inglesa en la mano.

Mariana estaba detrás de él, llorando.

Y cuando vio a sus padres con vida, se retiró como si hubiera visto, por dos.

— Papá… mi mamá…

Don Ricardo subió una puntuación.

— No. No nos llames así si vienes a acabar con nosotros.

Lewis sacó la mandíbula.

No entiendes nada.

—Explícame —me dijo don Ricardo — explícame cómo el hijo decide dejar que los que lo alimentaron, sean,, toneladas.

Lewis bajó la mirada a solo un segundo.

Fue suficiente para revelar lo que había debajo.

El miedo.

La desesperación.

Y algo más sombra, amigo.

— No tuve otra opción — dijo — lo debía. Mucho. Tenías la casa, la tierra, las hojas. Mariana y yo habíamos firmado con esa gente.

— ¿Qué gente? — le pregunté a Teresa desde abajo.

Mariana se derrumbó.

— Red. Están buscando a viejos solitarios. Prometen a los familiares una parte. Proporcionan abogados, periódicos y compradores. Si las cosas van bien, pagan. Y si no… desaparecen con todos.

Yo subí

Olalia detrás de ellos sosteniendo la lámpara.
Y hoy estaba planeando tomar mi evidencia.

Louis la miró con odio.

— Debería haber sido,,,,,otti hace años.

Mariana lanzó un lloriqueo.

Teresa cerró los ojos como si esa frase hubiera sido abofeteada, ‘Fin’.

Pero Olalia no se estremeció.

Y deberías haber recordado quién te enseñó a caminar.

Y de repente, en la distancia, se oyó la voz de otro motor.

Y luego otro.

Y otro.

No fueron ecos.

Eran camiones.

Louis se volvió hacia la puerta.

La sangre desapareció de su cara.

— No…

Olalia cogió el teléfono.

— Sí.

Sirenas.

En el corazón del desierto.