La verdad era que para entonces mi madre ya estaba demasiado débil. Vivía por temporadas en casa de Tomás y en casa de Mariela, y desde hacía

No era una casualidad.

Era un proyecto vivo. Próspero. Organizado.

Y en la entrada principal, sobre una pared blanca, había un letrero de madera:

Centro Comunitario La Segunda Raíz

Sentí un escalofrío.

—¿Qué… qué es este lugar? —murmuré.

Esteban cerró la puerta de la camioneta con suavidad.

—Es el lugar donde empecé de nuevo.

Volteé hacia él, sin entender.

En ese momento, un hombre mayor con sombrero de palma salió de la oficina y sonrió al vernos.

—¡Don Esteban! Ya llegaron.

Don Esteban.

Aquellas dos palabras me golpearon más fuerte que cualquier explicación.

El hombre se acercó, le estrechó la mano a mi hermano con respeto genuino, no con compasión, no con miedo. Respeto. Luego nos saludó a Sofía y a mí.

—Ustedes deben ser su familia. Mucho gusto. Yo soy Julián, administrador del centro. Su hermano nos ha hablado mucho de ustedes.

Yo apenas pude responder.

Miré otra vez alrededor. Vi a dos jóvenes cargar costales. Uno de ellos tenía tatuajes en los brazos y una cicatriz en la ceja. El otro cojeaba ligeramente. Más allá, una mujer con un niño pequeño en brazos lavaba verduras mientras otra le ayudaba. Todos parecían ocupados, dignos, serenos.

Esteban caminó unos pasos hacia los cultivos y nos hizo una seña para seguirlo.

—Hace años —dijo, sin darse vuelta—, cuando salí de prisión, pensé que mi vida ya no servía para nada. En todas partes me cerraban la puerta. Nadie quería darme trabajo. Nadie quería sentarse a comer conmigo. Nadie confiaba en mí… salvo tú.

Tragué saliva.