Meses después, mientras él peleaba demandas y dormía en hoteles impersonales, Valeria desayunaba frente al mar en Portugal, tranquila, libre y lejos de todo.
A veces pensaba en aquella frase que él le mandó con tanta soberbia.
“Ella merece estas vacaciones más que tú.”
Entonces sonreía, alzaba la copa y murmuraba para sí:
Sí. Ella merecía ese viaje.
Pero yo merecía recuperar mi vida.
Y hay humillaciones que no se lloran: se firman, se venden y se dejan cerradas para siempre.