Gabriel apretó los dientes.
“Mamá firmó documentos diciendo que tengo problemas psicológicos graves. Convenció a médicos privados. Convenció a abogados. Convenció a sus amigos.”
Tomasa comenzó a sollozar detrás de él.
—Intenté detenerla, don Gabriel…
La carta continuaba.
“Hace tres meses descubrí por accidente que mamá está transfiriendo dinero de varias cuentas familiares. Cuando la enfrenté, me golpeó por primera vez.”
Gabriel sintió que el mundo se inclinaba.
Miró nuevamente los moretones en las muñecas de su hija.
Ya no eran sospechas.
Eran pruebas.
De pronto, se escucharon pasos en el pasillo.
Todos se quedaron inmóviles.
Alguien se acercaba.
Lento.
Seguro.
La manija comenzó a girar.
Tomasa apagó la luz.
Gabriel tomó a Lucía de la mano.
La puerta se abrió apenas unos centímetros.
Una voz masculina habló desde la oscuridad.
—Señora Claudia quiere que bajen. Los inversionistas están preguntando por la señorita Lucía.
Los inversionistas.
No familiares.
No amigos.
Inversionistas.
Gabriel intercambió una mirada con su hija.
Algo mucho más grande estaba ocurriendo.
Cuando los pasos desaparecieron, Lucía abrió un compartimento secreto de una de las maletas.
Sacó una memoria USB.
—Esto es lo que realmente quieren.
—¿Qué contiene?
—Toda la evidencia.
Gabriel la conectó a su portátil.
Cientos de archivos aparecieron en la pantalla.
Transferencias bancarias.
Contratos.
Grabaciones.
Fotografías.
Y una carpeta llamada:
“Proyecto Heredera.”
El nombre hizo que Gabriel sintiera un escalofrío.