—No me llamo Lando, Julián —dijo el hombre con frialdad, adoptando el aire de un rey enfadado ante su altar—. Soy Gabriel Imperial, director ejecutivo y fundador del Conglomerado Imperial, la misma empresa a la que ahora le suplicas una inversión de cincuenta mil millones de pesos para salvar tu negocio en bancarrota.
La verdad que destrozó al multimillonario
Los periodistas gritaban y los flashes de las cámaras se disparaban. Los invitados multimillonarios estaban enloquecidos, incapaces de creer que el hombre al que habían ridiculizado fuera el hombre más rico del país.
—¿S-Señor Imperial? —balbuceó Julian, temblando, con el rostro cubierto de sudor frío—. ¿C-Cómo… por qué fingió ser un mendigo en la calle?
Clase de educación financiera.
—Porque conozco tus planes, Julian —tronó Gabriel, haciendo temblar la catedral. Sacó una memoria USB negra de su traje andrajoso y la blandió para que todos la vieran—. Recibí un aviso anónimo sobre tus actividades ilegales en la bolsa. Me hice pasar por mendigo frente a tu oficina y mansión durante tres meses para reunir todas las pruebas de tus robos y lavado de dinero.
“¡Es mentira! ¡Es inteligencia artificial!”, gritó Julian, presa del pánico, a punto de salir corriendo de la iglesia.
—¡Cierren las puertas con llave! —ordenó Gabriel.
Decenas de agentes uniformados y armados de la Oficina Nacional de Investigación (NBI) entraron a la iglesia por las puertas. Bloquearon todas las salidas.
—¡Esta memoria USB contiene todas las pruebas! —anunció Gabriel con seguridad—. ¡Contiene la prueba de que saboteaste el negocio del padre de Clara, lo que provocó su muerte, y de que robaste el dinero de tus inversores!
Julian se desplomó en el suelo de la iglesia. El hombre que creía poder usar para humillarme era precisamente quien había arruinado todas sus fechorías. Lloraba y suplicaba mientras los agentes del NBI lo esposaban sin piedad.
“¡Señor Imperial! ¡Parece que se apiada de mí! ¡Lo tomaré como mi pareja! ¡Clara! ¡Por favor, pregúntele a ella, estuvimos juntos antes!”, gritó Julian mientras lo sacaban a rastras de la catedral frente a los invitados que gritaban y las cámaras que flasheaban.
No sentí compasión. Simplemente lo vi desaparecer de mi vista. El hombre que había destruido a mi familia estaba completamente destrozado.
El verdadero juramento
Cuando volvió a reinar el silencio en la catedral, Gabriel se giró hacia mí. A pesar de su traje descolorido y desgastado, a mis ojos era el hombre más guapo y distinguido del mundo.
Tomó mis manos temblorosas.
—Clara —murmuró suavemente, con los ojos llenos de respeto y sinceridad—. Te he observado durante mucho tiempo en mis viajes. He visto tu dedicación, tu bondad y tus sacrificios por tu familia. Mi misión —salvar a la empresa de las garras de gente codiciosa como Julian— se ha cumplido. También le he pedido a mi equipo que le explique a tu madre los detalles de la operación que tuvo lugar esta mañana en el mejor hospital.