Una tarde, traje un pequeño ramo de tulipanes y los coloqué sobre el asiento de esa silla.
Margaret observaba en silencio, con sus agujas de tejer reposando aún en su regazo.
“Ella me enseñó a quedarme”, dije.
Margaret asintió levemente y la luz del sol se fue desplazando lentamente sobre los pétalos.