Pero la espina en mi corazón —el dolor de haber sido abandonada por mis propios padres— nunca desapareció.
Un día decidí volver. No para perdonarlos. Sino para mostrarles lo que habían perdido.
Sentada en mi Mercedes nuevo, regresé a mi pueblo. El camino que llevaba al viejo barrio seguía igual, pero yo ya no era la misma chica de antes.
La casa seguía allí… casi igual que hace veinte años, aunque más deteriorada. El portón de hierro estaba oxidado. Las paredes estaban descascaradas. El patio estaba lleno de maleza.
Me quedé frente a la puerta, respiré hondo y toqué tres veces con fuerza.
Una chica joven, de unos dieciocho años, abrió la puerta.
Me quedé paralizada. Se parecía a mí de una manera inquietante: los mismos ojos, la misma nariz, incluso la misma forma de fruncir el ceño. Era como mirar a mi yo de hace veinte años.
—¿A quién busca? —preguntó la chica con educación, con el acento típico de Jalisco.
Antes de que pudiera responder, mis padres salieron.
Cuando me vieron, se quedaron congelados. Mi madre se cubrió la boca, con los ojos rojos como si estuviera a punto de llorar. Mi padre palideció, sus labios temblaban.
Sonreí con frialdad.
—Ahora se arrepienten, ¿verdad?
Pero de repente, la chica corrió hacia mi madre, le tomó la mano con fuerza y dijo algo que sacudió todo mi mundo
parte 2
—Mamá… ¿quién es ella? —preguntó la chica, apretando la mano de mi madre con una mezcla de miedo y curiosidad.
El silencio cayó como un golpe seco.
Mi madre no respondió de inmediato. Sus ojos iban de mí a la chica, como si el pasado y el presente estuvieran chocando frente a ella.
Mi padre tragó saliva, pero tampoco dijo nada.