—¿Por qué nunca me buscó? —pregunté con la voz quebrada.
El hombre bajó la mirada.
—Tu mamá me pidió que no interviniera. Dijo que eras muy inestable emocionalmente después de la muerte de tu padre y que quería protegerte.
Solté una risa amarga.
Protegerme.
Sí.
Claro.
Me protegió tanto que me convirtió en empleada doméstica.
Salí del despacho sintiendo un vacío enorme.
No quería venganza.
Eso era lo peor.
Porque si la hubiera odiado completamente, todo habría sido más fácil.
Pero seguía siendo mi madre.
Y ese amor roto era lo que más dolía.
Esa misma tarde, mi celular volvió a sonar.
Era Karla.
La dejé sonar tres veces antes de contestar.
—¿Bueno?
—¡Por fin contestas! —gritó de inmediato—. ¿Qué demonios te pasa? Mamá está enferma del estrés por tu culpa.
Cerré los ojos.
La misma manipulación de siempre.
Pero ya no funcionaba.
—¿Por mi culpa?
—¡Claro! Los niños no dejan de preguntar por ti. Yo tuve que faltar al trabajo. Mamá está agotada. Eres una egoísta.
Sonreí con tristeza.
—¿Y tú? ¿Ya le dijiste a mamá que me mandaste el mensaje equivocado?
Silencio.
Un silencio brutal.
—¿Qué… qué mensaje?
—El de la herencia, Karla.
Escuché cómo dejó de respirar por un instante.
Después colgó.
Esa noche, por primera vez en días, alguien tocó la puerta de mi departamento.
Miré por la mirilla.
Era mi mamá.
Sola.
Cuando abrí, casi no la reconocí.
Parecía más vieja.
Más cansada.
Tenía los ojos hinchados.
Pero aun así, algo dentro de mí seguía endurecido.