Parpadeé varias veces.
—¿Entonces… nadie lo lastimó?
—No —respondió con calma—. Pero hizo lo correcto al traerlo. Si la inflamación aumentaba, podía causarle mucho dolor.
Mis piernas se debilitaron.
Me senté en la silla más cercana.
Toda la tensión que llevaba dentro explotó en lágrimas.
—Dios mío…
La enfermera me puso una mano en el hombro.
—Usted reaccionó exactamente como debía hacerlo.
—Pensé… pensé que alguien lo había golpeado…
—Eso es comprensible.
En ese momento Noah dejó de llorar. El médico lo había calmado y ahora estaba envuelto en una manta nueva.
Se veía tranquilo.
Dormido.
Tan pequeño.
Tan inocente.
Sentí una ola de alivio tan grande que casi me hizo reír.
Pero entonces escuché una voz detrás de mí.
—¡Mamá!
Me giré.
Daniel estaba corriendo por el pasillo con Megan detrás de él.
Ambos tenían el rostro lleno de pánico.
—¿Qué pasó? —preguntó Daniel—. ¡El hospital nos llamó!
Me levanté rápidamente.
—Está bien… está bien —dije—. Noah está bien.
Megan rompió en llanto al escuchar eso.
El médico explicó la situación.
—No fue causado por violencia. Fue una inflamación abdominal que provocó una ruptura superficial de vasos sanguíneos.
Daniel soltó un largo suspiro.
—Dios mío…
Megan abrazó a Noah con cuidado.